Política

Barrios | Tras la dimisión de Ayuso y su gobierno, el sur se prepara para otra semana de insurrección – El Salto

Barrios | Tras la dimisión de Ayuso y su gobierno, el sur se prepara para otra semana de insurrección - El Salto


Ayer sábado 26 de septiembre Isabel Díaz Ayuso hizo la intervención más corta ante los medios de toda su trayectoria política. A diferencia de otras ocasiones no hubo ruedas de prensa pospuestas una y otra vez, ni textos que leer apoyados en el atril. “No puedo más, dimito”, dijo ante las cámaras de televisión de los medios madrileños, estatales e internacionales. Segundos después, sus asesores la veían desaparecer por el pasillo, dejando escapar un suspiro de alivio que el micrófono registró. No hicieron falta ni cinco minutos para que internet se plagara de memes haciendo chistes sobre suspiros de alivio y comunidades autonómicas pandémicas. 

“Lo bueno si es breve, dos veces bueno”, valora sobre las declaraciones de la ahora ex presidenta, desde el comité confederado de información, Consuelo B, maestra infantil y vecina de Carabanchel. Las integrantes este comité no dan abasto para responder a todos los medios interesados en relatar una semana en la que una revuelta, también breve, ha alterado el paisaje de la ciudad de Madrid y los municipios circundantes de una manera vertiginosa, una historia cuyos propios protagonistas no logran del todo explicarse.  

“Yo no te puedo hablar en representación de todos, porque justamente lo que estamos haciendo aquí, una vez más, es pensar más allá de la representación. Pero sí que te puedo explicar lo que me movilizó a mí, y contártelo desde el convencimiento de que procesos muy similares se dieron en mis vecinas y vecinos. Y creo que esto, ya de por sí, es muy significativo”, reflexiona esta educadora infantil. 

El pasado domingo 20, un día antes de que se hiciera efectivo el confinamiento, Consuelo B. acudió por primera vez a una concentración en su barrio, Carabanchel. Llevaba meses indignada

El pasado domingo 20, un día antes de que se hiciera efectivo el confinamiento, Consuelo B. acudió por primera vez a una concentración en su barrio, Carabanchel. Llevaba meses indignada: “Primero cerraron las aulas y tuvimos que cuidar a los peques en casa sin sacarles ni a dar una vuelta en su carrito y hacer como si aquello fuera medio normal. Después la Comunidad de Madrid suspendió el contrato con mi empresa y me fui al ERTE”, ahora está en el paro, la escuela infantil para la que trabajaba no ha podido reabrir por las pocas matrículas dado el descontrol sanitario de la ciudad. “Llevaba meses enfadada y triste. Cuando el domingo fui a la manifestación de mi barrio y vi a tantas vecinas y vecinos juntos, de todas las edades, de todo tipo, recorriendo por fin nuestras calles, mientras tantos otros aplaudían desde las ventanas, sentí que se me quitaba un peso de encima”.

Consuelo B. Tiene razón, no está sola en sus percepciones respecto al domingo 20. “Me pasé tres horas sonriendo, más de lo que lo he hecho en estos últimos meses. Cuando acabó la concentración y me di cuenta de esto, no pude evitar echarme a llorar. El lunes 21, al ver los coches policiales controlando a la gente en el puente de Vallecas se me cayó el alma a los pies. Por eso no me voy a olvidar nunca de lo que pasó el martes 22”. Así vivía Miriam B., vecina de Vallecas, el principio de la revuelta en los barrios confinados. Para esta enfermera la caída de Ayuso es lo de menos, lo importante es lo que le ha pasado al vecindario, a la gente. “Yo el martes sentí que ya habíamos ganado¨.   

El 22 de septiembre todo el vecindario de los barrios confinados salió con unas cuartillas y celofán en sus bolsillos, bolsos y mochilas. Quien más quien menos se desvió hasta la frontera invisible de desigualdad —que gracias al gobierno de la comunidad se había convertido en un límite bien visible— buscó una pared, una farola, un árbol y ahí pegó un cartel manufacturado en el que ponía: “¡No vamos a ser vuestro gueto!”. A primera hora de la tarde no había edificio, mobiliario urbano o ventana de casa limítrofe que no luciera su cartel. Las fachadas de San Fermín, o Puente de Vallecas abrían los telediarios. 

Paco B., activista de la PAH y vecino de Ciudad Lineal cuenta así cómo se fraguó la idea. “Primero pensamos en poner pintadas la noche del lunes, antes de que iniciara el confinamiento en las que se pudiese leer: wellcome to the ghetto. Pero algunos vecinos no entendían a qué venía escribirlo en inglés, y otros, más experimentados en graffitis nocturnos, objetaron que como acción no era muy factible en cuanto poco discreta”. La discusión la zanjó una pragmática vecina jubilada, experimentada en todo tipo de manualidades con su nieta: “Papel y boli, mucho más democrático”.

La idea se extendió pronto en los grupos de whatsapp de madres y padres y las listas de correo de las AFA, la tarde del lunes 21 de septiembre, mientras las autoridades pensaban que la población confinada ya habría asumido la situación y trasladado su enfado a las conversaciones en los bares, que para algo se habían quedado abiertos. En las casas de Almendrales, Comillas o Portazgo los escolares dejaba de lado las tareas y se concentraban en la producción masiva de folios y cartulinas en los que niños, empleadas del sector servicios, desempleados y adolescentes hartas, estampaban su rebeldía en irregular caligrafía.

“La sensación de formar parte de algo justo, superador, un vínculo social que trasciende edades, género, procedencia, es una gran activadora de movimiento”

“Está acción, en principio cuasi pueril, fue determinante para lo que pasó el día después”, analiza Amanda García, antropóloga urbana. “La sensación de formar parte de algo justo, superador, un vínculo social que trasciende edades, género, procedencia, es una gran activadora de movimiento”. Encontrar la propia agencia, el reconocimiento de la capacidad de respuesta y resistencia, es una forma de recuperar un capital simbólico como sujetos que las representaciones hegemónicas de los medios y los cargos públicos intentan negar, según explica esta especialista.

Gladys S, tiene 14 años, y pasó una tarde de domingo hermosa, recorriendo su barrio para terminar frente al hospital 12 de Octubre festejando con sus vecinos y vecinas el verse por fin la rabia, aunque no las caras, responder ante tanta humillación. “Primero me sentí señalada como persona de origen migrante, después me sentí señalada como adolescente, y por último me sentí señalada como vecina de Usera, yo tanto señalamiento no lo soporto más”, dice esta estudiante de un instituto del Zofio. Cuando a la noche vio en las noticias que Telecinco achacaba las movilizaciones en los barrios a Podemos acabó de reunir la indignación necesaria para hablar del tema en su aula. Ellos aún no estaban al tanto de la acción del martes, pero se sentía mucha agitación en las aulas, cuando la tarde del 22 vieron el revuelo causado por los carteles los grupos de whatsapp empezaron a echar humo.

“Más que la acción en sí y su repercusión mediática, lo decisivo fue la torpeza de las autoridades y la complicidad de los empleados del servicio de limpieza”, considera el sociólogo Carlos del Puerto. Después de que policías municipales y nacionales, guardias civiles y militares enviados a la zona se negaran a despegar los carteles dado que consideraban que esa no era su labor, fueron los empleados de las empresas municipales de mantenimiento, y los de las subcontratas de limpieza, enviados a dejar las paredes como estaban, quienes se negaron a hacerlo. “Por conciencia”, narra Horacio P, trabajador al que mandaron a Parla y que se plantó ante la orden. “Todos los vecinos salieron a aplaudirnos a los balcones, nunca he vivido nada más emocionante”. Lo que pasó quedó registrado en las redes, y en las ventanas de todos los barrios confinados salió la gente a aplaudir y corear “¡Ayuso dimisión!”.

“Fue sin duda esa sensación de desborde la que definió lo que sucedió los días siguientes, desde la instauración de un nuevo ritual que implicó salir todos los días a las ocho a pedir la dimisión no solo de Ayuso, sino de todo el gobierno y por extensión de la oposición, así como de los distintos momentos de revuelta”, considera del Puerto. Cuando el miércoles llegó a dar clase el alumnado estaba efervescente, cuenta María G, profesora de Filosofía de un instituto de Carabanchel.

“Para la noche del martes estábamos hartas de ver policías, de oír los helicópteros sobre nuestras cabezas, de incursionar para trabajar en barrios donde la gente seguía con sus rutinas mientras nosotros caminábamos con miedo por la ciudad”

“Para la noche del martes estábamos hartas de ver policías, de oír los helicópteros sobre nuestras cabezas, de incursionar para trabajar en barrios donde la gente seguía con sus rutinas mientras nosotros caminábamos con miedo por la ciudad. Pero ver los carteles por todas partes, presenciar la dignidad de los trabajadores que se negaron a llevárselos, y el entusiasmo del vecindario en las ventanas nos hizo venirnos arriba”, cuenta Herminia H, empleada doméstica residente de Orcasur. Los retales de tela amarilla con el escrito confinado o confinada se vieron por primera vez, de manera aislada, en las manifestaciones del domingo. Pero el miércoles por la mañana se empezaron a ver por el metro, en los brazos de algunas personas. Esa misma tarde el fenómeno eclosionó, calles y transportes públicos se llenaron de personas con el distintivo.

A la noche las fuerzas de seguridad empezaron a identificar a las personas que lo llevaban, algo que no hizo sino acrecentar la indignación. “Estaba en mi barrio, que no está confinado, volviendo del trabajo a casa cuando vi a una pareja de policías pedir de muy malos modos la identificación a un hombre que llevaba el brazalete amarillo. El hombre mostró, cabeza en alto, con toda la dignidad del mundo, su dni y su salvoconducto. “‘¿Qué es lo que queréis, contagiar al resto de la ciudad?, eso es insolidario e irresponsable’, le recriminó uno de los agentes. ‘Si queréis nuestro trabajo y nuestros impuestos y no nos cuidáis, tendréis que aceptar también nuestros virus’, le contestó, casi le aplaudo”, cuenta María H. vecina de Malasaña.

Las ganas de aplaudir las contuvo pero buscó la mercería más cercana y aquella misma noche preparó brazaletes para ella y todas sus amistades. “Me sentía mal, como el personaje secundario de una película de nazis. Me acordé del famoso poema atribuido a Bertolt Bretch y me metí en una mercería cercana, hice brazaletes para mí y las mías”, relata esta diseñadora gráfica que afirma no hacer esto solo por solidaridad con los vecinos del Sur, sino porque le afecta, “vivo en un cuartucho sin ventana y pago 400€, es cuestión de tiempo que yo sea una vecina del Sur, los problemas del Sur son los problemas de todas, la desigualdad es un virus que lleva enfermando a la ciudad mucho tiempo’, afirma.  

Cuando el jueves Gladys S. volvió a su instituto, las chicas y chicos estaban tan hartos como dispuestos a responder. “La verdad los profesores también lo estábamos después de que nos hubiesen impuesto unos servicios mínimos del 100% para nuestra huelga”

Cuando el jueves Gladys S. volvió a su instituto, la decisión ya estaba tomada, las chicas y chicos estaban tan hartos como dispuestos a responder. “La verdad los profesores también lo estábamos después de que nos hubiesen impuesto unos servicios mínimos del 100% para nuestra huelga, así que nos hizo bien, mucho bien, ejercer de correas de trasmisión y usar nuestras redes para que no hubiese centro educativo de barrio confinado que no estuviese al corriente de lo que estaba por pasar”,  a las 12 del mediodía del 24 de septiembre columnas enteras de alumnas y alumnos seguidos de sus profesores y profesoras salían de sus institutos y avanzaban hacia el centro, sobrepasando los límites de las zonas confinadas ante la mirada desconcertada de los cuerpos de seguridad. Antes de que pudieran reaccionar, volvieron sobre sus pasos y retornaron a sus centros educativos. “La felicidad”, rememora María G. “Yo nunca había visto a mi alumnado tan feliz. Daba igual que todos tuviésemos la boca tapada con nuestras mascarillas, la chavalada sonreía con los ojos, con esa manera de andar de pronto tan impetuosa, sonreía con todo el cuerpo”. 

Podemos decir, considera Hugh Peters, politólogo del instituto de investigación World Unexpected Revolutions especializado en la península ibérica, que lo que ha pasado en Madrid en esta última semana es una doctrina del Shock desde abajo a la que las autoridades no han sabido responder. “Entre los carteles artesanales, las masas de estudiantes, los trabajadores mostrando orgullosos y a pesar del riesgo sus condición de confinados, la gente saliendo a las nueve a sus ventanas a aplaudir, y la involucración de movimientos sociales muy activos en los últimos tiempos como las feministas, el antirracismo y la juventud contra el cambio climático, no podríamos explicarnos lo que pasó el viernes”, señala Peters.

Es cierto, según hicieron saber fuentes policiales y militares tras los hechos que sucedieron al mediodía del 25 de septiembre, que nadie se esperaba el movimiento de los institutos en los barrios no confinados. “En realidad, tras lo que hicieron el miércoles nos daban un poco de envidia, supongo que también echábamos de menos los Friday for Future”, cuenta Diego P, alumno de primero de bachillerato de un instituto de Moratalaz. Así que al ver las barreras policiales que se extendían para intimidarles, fue cuestión de horas que el alumnado de los institutos no confinados se pusiera en marcha hacia la frontera.

Encerrados en un sandwich estudiantil, con móviles de particulares y cámaras de medios enfocando el momento, cargar era difícil, sin embargo el nerviosismo entre las fuerzas de seguridad aumentaba y el estudiantado, adolescentes con poca experiencia en movilizaciones, empezaba a inquietarse. “Fue cuando vimos llegar a un montón de feministas, megáfono en mano, y grupos de antirracistas, acostumbrados a mirar cara a cara a la policía sin miedo, cuando nosotras también nos armamos de valor y nos quedamos ahí”, cuenta Mohamed K. estudiante de un instituto de Vallecas. Las calles no tardaron en llenarse de gente de todas las edades, con sus mascarillas y una distancia de seguridad no de dos metros, pero al menos muy superior a la que se guarda en algunas líneas de metro. 

Yen Ch., vecina de Usera y activista antirracista cuenta emocionada el momento en el que toda aquella gente se decidió a marchar hacia la puerta del Sol. “Veníamos viendo las movilizaciones en las redes del movimiento antirracista, movilizaciones en las que después de todo muchos y muchas estamos tomando parte desde el principio pues nosotras también somos vecinas, también somos clase obrera, también gente a la que nos preocupa la sanidad pública. Estábamos debatiendo sobre cómo sumarnos como colectivo desde hacía días. El viernes dejamos de debatir y nos sumamos”. Cuenta Yen que mientras cruzaba el puente sobre Madrid Río se sentía mejor que nunca, “sabía que esa gente era mi gente, no por ser racializada o por ser de Usera, sino porque era la gente que no aguantaba más la situación y estallaba, era la gente digna, no era una cuestión de identidad si no de pertenencia”, subraya esta veinteañera estudiante de Antropología. 

“Como con la distancia de seguridad no todo el mundo cabía en Sol y éramos incontables, establecimos un sistema rotativo, por el cual cada rato largo la gente que estaba en Sol salía y entraba la que se repartía en los alrededores, quienes estaban cansados se iban a casa y volvían al rato o eran relevados por otra gente“, cuenta la activista feminista Samira H., y confiesa que no sabe muy bien cómo se organizó todo aquello, pero que de la tarde del viernes a la tarde del sábado, cuando Ayuso acabó por comunicar su dimisión, la plaza estuvo totalmente repleta. Y así sigue hoy domingo 27 de septiembre: “Nos hemos quedado aquellos que no vivimos en las zonas confinadas para preservar a quienes aún se juegan una multa por circular fuera de sus barrios. No nos vamos a ir hasta que no haya evidencia de que se han contratado los rastreadores y el personal sanitario y educativo necesario. Queremos ver los contratos”, afirma Samira.

“Lo importante es lo que pase a partir de ahora”, dice Manuela T. “Esta tarde iremos todas y todos a tomar nuestros parques, vamos a encontrarnos con las medidas de seguridad necesarias, pero coño, toca ya celebrar”

En las zonas liberadas del Sur hay euforia y al mismo tiempo prudencia. “Lo importante es lo que pase a partir de ahora”, dice Manuela T. “De momento vamos a festejar, esta tarde iremos todas y todos a tomar nuestros parques, bailaremos, haremos música, habrá cuentacuentos para las niñas y niños, vamos a encontrarnos con las medidas de seguridad necesarias, pero coño, toca ya celebrar”, afirma esta integrante de una asociación de baile desde Pradolongo.

“Si no se puede bailar no es mi revolución”, ríe Osvaldo I. con su crío en brazos mientras pasa a la periodista una circular con cinco puntos firmada por el Comité Confederado de Comunicación: ”Actividades revolucionarias para la semana 2. A) toma de espacios municipales y centros comerciales para ampliación de espacio educativo. B) Recogida colectiva de basura y desperdicios para depositarlos en la casa de apuestas. C) Paseo y disfrute en los parques, con cuidado y amor por tus vecinos. Si dejas basura no te multaremos pero te miraremos muy mal”. Osvaldo pregunta, mientras intenta contener a su revoltoso pequeño: “¿Te parece ingenuo? ¿Crees que antes o después nos vamos a llevar un palo, se va a ir todo al carajo? Es más que probable —se responde el solo— pero me da lo mismo, en este momento, ahora mismito, creo en todo y en todos los que han hecho posible esto”.

Los hechos narrados en este reportaje son, como imaginarán, en buena parte fictios. Tampoco son reales las fuentes, ni la cronología. Lo que sí es muy verídico y muy real, es que hay mucha gente digna que no aguanta que esto siga como está. 

 

 



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