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Cine: Netflix | “La trinchera infinita”: la crítica de Sebastián Pimentel a

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1936. Higinio (Antonio de La Torre), concejal republicano de un pueblito andaluz, trata de huir para no caer prisionero por parte del bando fascista. Al no poder cruzar la frontera local, decide regresar a su casa y esconderse en un agujero secreto que está camuflado por una escalera. Rosa (Belén Cuesta), la esposa de Higinio, debe asegurarse de que los fascistas no sospechen nada, y de que su marido salve su vida.

Los cineastas Aitor Arregi, Jon Garaño y José Mari Goenaga, dirigen esta historia enmarcada en la Guerra Civil española, e imaginan la vida de uno de los llamados “topos”: militantes socialistas que estuvieron escondidos cerca de treinta y tres años, en sus propios hogares, sin ver la luz, hasta la amnistía de 1969. El filme, de 2019, se estrenó este año vía , y sin dudas es una de las cintas españolas más interesantes de la plataforma.

” es, sin embargo, una película audaz solo hasta cierto punto. Entre lo más logrado está el desempeño de la pareja protagónica, con un La Torre formidable en su papel de sobreviviente que clausura, con una paranoia silenciosa, su vínculo con el mundo exterior. Belén Cuesta lo secunda como una esposa angustiada y aterrorizada, aunque obstinadamente leal a su marido.

La cinta ostenta un planteamiento estético muy consciente de sus posibilidades en cuanto al uso de la cámara subjetiva y el sonido fuera de campo —que nos permite ver, casi todo el metraje, desde la mirada fisgona de un Higinio siempre en reclusión precaria—. El escondite estrecho, más la desesperación por aguaitar a través de pequeños agujeros en las paredes, consigue altas dosis de incertidumbre y suspenso.

El problema del filme está en que esta vigilancia siempre a punto de fracasar, apuntalada por el permanente temor a ser descubierto, es algo repetitiva. A diferencia de cineastas que llevan el lenguaje fílmico hacia fronteras espirituales de un calado mayor —como hace Robert Bresson en “Un condenado a muerte se escapa” (1956)—, en este caso, por no ahondar más en la psique de Higinio, el filme flirtea con cierta superficialidad.

Lo más interesante quizá se encuentre por el lado de la relación entre Higinio y Rosa. Hay un costado egoísta, posesivo, machista, dominante, por parte del protagonista. Y ese celo, respecto a lo que pueda suceder con su esposa, se constituye desde su mirada fisgona, mirada que se confunde con la del espectador del filme. “La trinchera infinita” es entonces una película sobre el poder y la fragilidad de la mirada, y ese es su mayor triunfo.

En cuanto al paso de un tiempo cansino de más de tres décadas, el filme consigue ser hasta cierto punto didáctico, con la claridad expositiva que atiende a múltiples detalles escenográficos, al estilo de una película promedio de Hollywood. Es notorio el esfuerzo de producción en cuanto a los cambios socio-históricos y el peso de la edad en los personajes. Pero, de nuevo, esto funciona más a un nivel de superficies que de complejidad interior.

“La trinchera infinita” es una película entretenida y sofisticada, pero que termina dando menos de lo que promete. Con su fotografía en clave baja y claroscuros en tonos sepias; su habilidad hitchcockiana para hacer delLa cinta ostenta un planteamiento estético muy consciente de sus posibilidades en cuanto al uso de la cámara subjetiva y el sonido fuera de campo —que nos permite ver, casi todo el metraje, desde la mirada fisgona de un Higinio siempre en reclusión precaria—. El escondite estrecho, más la desesperación por aguaitar a través de pequeños agujeros en las paredes, consigue altas dosis de incertidumbre y suspenso.

El problema del filme está en que esta vigilancia siempre a punto de fracasar, apuntalada por el permanente temor a ser descubierto, es algo repetitiva. A diferencia de cineastas que llevan el lenguaje fílmico hacia fronteras espirituales de un calado mayor —como hace Robert Bresson en “Un condenado a muerte se escapa” (1956)—, en este caso, por no ahondar más en la psique de Higinio, el filme flirtea con cierta superficialidad.

Lo más interesante quizá se encuentre por el lado de la relación entre Higinio y Rosa. Hay un costado egoísta, posesivo, machista, dominante, por parte del protagonista. Y ese celo, respecto a lo que pueda suceder con su esposa, se constituye desde su mirada fisgona, mirada que se confunde con la del espectador del filme. “La trinchera infinita” es entonces una película sobre el poder y la fragilidad de la mirada, y ese es su mayor triunfo.

En cuanto al paso de un tiempo cansino de más de tres décadas, el filme consigue ser hasta cierto punto didáctico, con la claridad expositiva que atiende a múltiples detalles escenográficos, al estilo de una película promedio de Hollywood. Es notorio el esfuerzo de producción en cuanto a los cambios socio-históricos y el peso de la edad en los personajes. Pero, de nuevo, esto funciona más a un nivel de superficies que de complejidad interior.

La trinchera infinita” es una película entretenida y sofisticada, pero que termina dando menos de lo que promete. Con su fotografía en clave baja y claroscuros en tonos sepias; su habilidad hitchcockiana para hacer del voyerismo una experiencia peligrosa y excitante; más sus actuaciones que expresan bien la ansiedad y el agotamiento, el filme de Arregi, Garaño y Goenaga se mantiene en pie. No obstante, no estamos ante un drama profundo, ni ante una disección psicológica memorable. Agradecemos, por último, la ausencia de cualquier retórica aleccionadora o sentimental sobre la guerra civil española.

Ficha Técnica

Título original: “La trinchera infinita”

Género: Drama, aventura.

País y año: España, 2019

Director: Aitor Arregi, Jon Garaño, Jose Mari Goenaga.

Actores: Antonio de la Torre, Belén Cuesta, Vicente Vergara.

Calificación: ★★★ 1/2



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