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Coronavirus | Espera – El Salto

Coronavirus | Espera - El Salto


Sabía que estábamos esperando (y desesperando), nada se ha podido hacer desde hace tiempo…, pero ahora la espera es radical, nuestros cuerpos han quedado confinados o prácticamente confinados. Y esperamos. Vuelan las imágenes, los mensajes, los clics; la velocidad es desorbitante atrapadas en este lugar de pausa. Esa revolución que no podía ser lo es aún menos a mis ojos, aunque no deje de haber valientes que presenten batalla. La pasión, que venía saliendo a borbotones del corazón humano, escasea desde hace mucho y no creo que la vaya a reactivar un virus. Claro que hay culpables, los “colonizadores del deseo” están por todas partes; claro que podemos seguir lamentándonos porque “nos falta”: ideas, ganas, coraje…, pero ¿quién puede soportar más reproches?

Cuando empezó el confinamiento me sentí castigada por “Dios”, mi compañero negaba con su peculiar serenidad recordándome su inexistencia. Yo lloraba afirmando con la cabeza y le decía sintiéndome ridícula, pero con todo mi corazón que nos lo merecíamos, pero que “me daba mucha pena”. Una parte de mí también sintió alivio, un ensayo antes del inevitable colapso estaba teniendo lugar, mi certeza del derrumbe por fin se hacía real y todo el mundo estaba de alguna manera por fin conmigo. Disfruté de estar con mi familia, me sentí desaparecer devorada por mi familia… Venadas crueles atravesaban mi mente al leer las noticias, supongo que para no sentir miedo. En las profundidades la figura del «padre» me atravesaba como un fantasma el pecho, el deseo de ser amparada y guiada a la superficie, ¿a la superficialidad?…

Pensar el futuro… Nuestras subjetividades atrapadas entre líneas de crédito y horizontes distópicos, vivir sin poder mirar muy lejos…, ¿sin poder soñar? Hago de mi trabajo preguntarme qué podemos hacer cuando no se puede hacer realmente nada; y me digo que debo preservar la vida bajo cualquier circunstancia, especialmente cuando tantas cosas faltan y cae sobre nosotras con todo su peso la impotencia. Por ello me pregunto sobre el deseo de vivir y el armamento necesario para no perderlo, sobre el sentido que necesita la inmovilidad para que la desesperación no se lleve a ninguno de los nuestros. Y así creo que todas somos necesarias, a pesar de estar sumergidas en un medio imposible, porque todo está por venir.

Más que hacia dónde nos dirigimos, me pregunto en qué nos estamos convirtiendo… No voy a dar una descripción que no tengo y que me gustaría que nadie tuviera; porque los pronósticos/diagnósticos deslumbran y sofocan cualquier posibilidad, porque necesitamos oscuridad para meditar… Me pregunto también cómo se relaciona una a tientas, sin saber mucho de formas propias ni ajenas, sin una finalidad… Me pregunto sobre el amor posible y el silencio de la intimidad. Demasiado ruido…, los consejos sepultan nuestros gestos. ¿Y si sabemos demasiado?, a lo mejor para volver a intentarlo, necesitamos jugárnosla a olvidar. ¿Estaremos siendo víctimas de un exceso de “consciencia”?

A la vez olvidar es un peligro, nos persigue nuestra propia sombra…, ¿tendrán nuestras derrotas un significado? Algunos piensan que ya hemos hecho demasiado, que vivir es habitar un vacío donde sobran los relatos y que la nada nos traería «paz». Pero me pregunto cuánto tiene que ver con lo humano «la paz» y cuánto querremos saber en un futuro de “lo humano”.

Siento que si tenemos un espacio de convivencia es el de la pregunta, esa que te obliga a pensarte y escuchar, esa que se opone a la alienación y la violencia. No deberíamos sentirnos fracasadas por vernos obligadas a realizar infinitamente lo mismo: la resistencia nos mantiene a todas con vida, somos esas “comas”, esos “puntos”, que regulan el discurso hegemónico de manera vital.

Y ahora…, caben tantas cosas en el no saber, se cuelgan tantas perchas de cada suspenso… Mi trabajo es perseverar, me digo. ¿De qué es el momento?, ¿del repliegue, la intimidad, la retirada del espacio compartido a un mundo onírico personal? Una elección tan poco militante quizá cobre más sentido si nos desconectamos. Me pregunto qué puede nacer en nuestro interior si nos desintoxicamos de nuestras conexiones virtuales con el mundo. Si no puede ser momento de encuentro con el otro que lo sea al menos con una misma, ¡a lo mejor hay más presencia real en nuestra memoria que en nuestro teléfono! La compañía está donde menos se la espera, a veces donde más difícil es alcanzarla.

Tengo un deseo: que este presente catastróficamente continuo no nos impida soñar el futuro. No se puede vivir sin confianza, sin la pretensión de que gane la belleza. Estemos o no para verlo, existe un horizonte posible que es el de todas: las que luchan y las que se rinden, las que siguen con nosotras y las que nos dejaron. Un horizonte luminoso que nos cobija mientras solo cabe esperar.



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