Política

Cuidados | Contra el cansancio – El Salto

Cuidados | Contra el cansancio - El Salto


“Si es que no se cansan nunca”, dice orgullosa y desesperada la madre del pequeño que está esparciendo entusiasta la arena del parque infantil, salpicando a un corro de niñas y niños recién salidos de 8 horas de colegio. La mujer sonríe a su enérgico retoño, una sonrisa cansada, o al menos eso se intuye tras la mascarilla. Más visibles son los ojos, aunque ellos también han de combatir con un cerco de agotamiento que los acorrala, como si el desgaste que los niños y las niñas no manifiestan se reflejara duplicado en algunas miradas.

Las madres sentadas cada una en un banco, dejando la distancia de seguridad, apenas comentan ya las noticias. El mundo es chiquitito, son los niños jugando entre ellos, enterrando la idea de grupo burbuja en la arena del parque, sin que nadie pretenda encarrilarles. Es vamos que hay que hacer la compra. Es que luego tocará volver a casa, deberes y cena, baño y mañana lo mismo: la rutina abriéndose paso entre los días. Las rutinas avanzando tenaces entre cifras de contagios, medidas que ya nadie entiende, restricciones variantes a las que es difícil seguir la pista, debates políticos que son un eco lejano. Si el mundo chiquito cansa, el grande ya no hay quien lo sostenga.

La ciudad está llena de ojos, te los encuentras por todas partes, no es que antes no los hubiera, pero no habían alcanzado tal protagonismo. Los ojos como búnker de la expresividad, también como reflejo de la distancia. Llevamos muchos meses sin ver la mayoría de las caras que recorren la ciudad. Y a ratos los ojos aparecen también como enmascarillados, como si la distancia social estuviera superando a la física.

Recordar estos meses, cansa. Intentar encontrar un hilo narrativo, un sentido normativo, intentar entender qué pasa, cansa. Intentar pensar en lo de después, para eso ya no quedan fuerzas

Recordar estos meses, cansa. Intentar encontrar un hilo narrativo, un sentido normativo, intentar entender qué pasa, cansa. Intentar pensar en lo de después, para eso ya no quedan fuerzas. La gente va aguantando como buenamente puede, tú preguntas ¿cómo vas?, por las calles, tras una mascarilla textil o higiénica, una mascarilla cansada de tanto uso, te contestan, aquí estamos. Como si a estar fuera a todo lo que nos diera el cuerpo. Estar y no desvanecerse entre el limbo de la incertidumbre y el huracán del tiempo acelerado.

Cansadas hasta para decir, no queremos esto, para aplaudir a quienes siguen ahí peleando por todas y plantarle cara a quienes continúan el descarado saqueo, cansadas hasta para tomar partido, cansadas para ver un meme más de la Ayuso, cansados para escuchar proclamas, elaborar discursos o señalar lo inaceptable.

Youtube está repleto de vídeos de bienestar y mindfullness. Recarga fuerza en cinco minutos, te prometen. Meditación exprés para empezar el día con energía. Voces de mujeres sugerentes con distintos acentos nos recuerdan cómo va eso de respirar. Parece que ya antes de la pandemia no lo teníamos tan claro. Quizás con las mascarillas la cosa se haya complicado aún más.

Si hasta respirar nos cuesta imagínate mantener proyectos, procesos, caminos. El cansancio colectivo es una pandemia que nos hace más vulnerables a todos

Si hasta respirar nos cuesta imagínate mantener proyectos, procesos, caminos. El cansancio colectivo es una pandemia que nos hace más vulnerables a todos. Incluso quienes tienen tiempo, al amparo de un Erte que no saben cuándo terminará, quienes reparten sus horas entre series y redes sociales, ellos también están cansados. Pues el cansancio ya no parece un mal personal, un agujero que uno se cava o el resultado de un exceso de carga sobre nuestros individuales hombros. Se ha convertido en latido común y atmósfera, en trasfondo de esas miradas que asoman de las mascarillas.

Tenernos tan cansadas desde el ruido de afuera y los mandatos de adentro, sobrecargarnos de medidas locas, debates sin aterrizaje en la vida, vacuas peroratas sobre la responsabilidad mientras nos hurtan los medios para salir de esta, declaraciones delirantes de políticos exaltados. Tenernos exhaustos de trabajos precarios, cuidados insostenibles, carreras burocráticas para acceder a migajas para pobres, es una forma de tenernos doblegados sin tiempo para articular respuestas, al abrigo de las rutinas, pertrechadas en nuestros munditos mientras el gran mundo escapa de nuestro control.

La mujer se levanta del banco del parque, nos levantamos todas, intentando convencer a los peques de que nos sigan hacia casa donde más tareas esperan. El tiempo se escabulle y solo deja cansancio. Quizás habría que pensar en parar, no como un pulso ante el patrón, o como una estrategia obrera para reclamarle algo más de oxígeno al capital. Parar y descansar como una huelga a este régimen del demasiado. Callar la televisión por unos días, apostar por la insumisión a las rutinas, detener esta carrera idiota. Parar. Plantarnos. Revolucionar el hormiguero con un ralentizamiento militante. Desafiar a la hegemonía del cansancio que nos va replegando a nuestros munditos.



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