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Filosofía | Toque de Difuntos – El Salto

Filosofía | Toque de Difuntos - El Salto


«Non, non!… Debout! Dans l’ère successive!
Brisez, mon corps, cette forme pensive!
Buvez, mon sein, la naissance du vent!
Une fraîcheur, de la mer exhalée,
Me rend mon âme… O puissance salée!
Courons à l’onde en rejaillir vivant
»

Paul Valéry, Le cimetière marin

[“¡No, no!…¡De pie! ¡En la era sucesiva! /¡Quiebre, el cuerpo, esta forma pensativa! / ¡Beba, mi pecho, el nacer del viento! / Una frescura, de la mar exhalada, / Retorne mi alma…/ ¡Potencia salada! / ¡A revivir en la ola, corramos!”]

Domingo, 1 de Noviembre, primer domingo de Pentecostés, día de Todos los Santos. ¿Todos? Primer día del año según el calendario celta. Asimilación católica. Papa Gregorio III. 2020, ciento setenta y seis papas después. Buñuelos de viento. Las campanas clamorean. El ‘clamoreo’ es el tañido de difuntos por excelencia, data del siglo XV y su nombre responde a los especiales giros y velocidades de las campanas menores y mayores que terminan acompasándose en común clamor. Hoy por todas partes suena el toque de difuntos que no pueden tocarse. Cementerios con aforo controlado. 2020 y no sabemos muy bien a quién llorar, quiénes son nuestros muertos.

Mi padre lleva años visitando la tumba familiar en la que aún quedan tres huecos comprados, tres cuerpos más. ¿El suyo? ¿El mío? Es un pequeño cementerio parroquial, tiene su encanto. Cuando era pequeña siempre le acompañaba; mientras él frotaba las lápidas con un trapo húmedo, la de mi abuela, la de sus abuelos, yo arrancaba hierbas de entre los hiatos, tumba-espacio-tumba-espacio-tumba.

Me gustan los cementerios. Cada ciudad, cada viaje entraña siempre un paseo por el camposanto. Transmiten un tipo de paz que no hallo en los vivos, en toda esa materia orgánica iracunda. Prefiero el silencio, la certidumbre pétrea, la descomposición, la ramificación de todas esas células amalgamadas, vegetales, animales.

Truco o Trato

Dos chukis, tres novias cadáver, una momia, cinco zombies. Llevo días cruzándome con la galería completa de la isla del Dr. Moreau. Me aterra. Los niños dibujan calabazas, comen castañas, un riachuelo de sangre con sabor a piruleta les chorrea la cara. No queremos quitarles también esto, me dice un amigo hablando de sus hijos. Lo entiendo. No obstante, a mí, como a muchos, todavía se me atraganta Halloween (All Hallow’s Eve, víspera de Todos los Santos). Pero especialmente se me atragantan ahora las calaveras, los cuerpos como si pelados, las cicatrices pintadas a mano, los cuchillos de corcho, todo este terror plastificado, exquisitamente fingido, este miedo que no mancha, estos muertos que no mueren.

Que no mueren. Pienso mientras escribo esto que quizá precisamente por eso sea necesario escenificar el terror, el de antes, el del conde Orlok, los invasores de Marte, el monstruo de la laguna negra. Porque nos permite transitar el espacio de la metáfora, el del como sí, pero no. Un terror que pueda ser representado y no este miedo viscoso, biológico y profundamente necropolítico, que nos tiene infiltrada la osamenta comunitaria.

Llevo toda la semana blasfemando cada vez que veo a alguien disfrazado, mascarilla incluida.

Llevo toda la semana blasfemando cada vez que veo a alguien disfrazado, mascarilla incluida. Tamaño giro estético nos ha dado la vida y no nos damos por mordidos, farfullo cabreada. Y sin embargo quizá la escenificación del terror sea necesaria como herramienta sublimadora, como evasión de estas hebras siniestras abiertas en las tripas mismas de nuestros hogares (Unheimlich puro y ahora qué).

Dramatis Personae

Sábado, 31 de Octubre, fin de la cosecha, Samhain en la tradición celta. Me cruzo con una pareja con sendas máscaras venecianas de Pulcinella, papel maché negro, mascarilla quirúrgica azul bajo de. ¿Os duele? La máscara, digo. La mascarilla, digo. Este artefacto profiláctico, barrera, mínimo dos capas de hojaldre higienizado. Este nuevo accesorio decorado, flores, rombos, y banderas, por supuesto. En mi vida había visto desfilar tantas, eterno doce de Octubre, colonización autofiltrante. Esto sí que da miedo. Leo en la página oficial de la OMS el siguiente eslogan: “Convierta el uso de la mascarilla en una parte normal de su interacción con otras personas”. Y lo hemos hecho, obedientes, aterrados, como medida de protección ante el cataclismo sanitario, esta peste nuestra sin final conocido. Cuando todo esto termineCuando volvamos a… Volver, pero no seremos. Pero no será. El río, Heráclito.

La máscara es universal. Presente en el neolítico, son muchas las culturas que la han integrado como parte de sus ritos de paso, espirituales, festivos, mortuorios. Ya en Egipto se le atribuían características protectoras al colocarlas sobre los difuntos y asegurar así su tránsito, alejados de los malos espíritus. Es a partir de la Grecia clásica cuando comienzan a formar parte también de las festividades de los vivos. En Los Juegos y los Hombres: La Máscara y el Vértigo, Roger Callois realiza un precioso recorrido por los diversos tipos de comportamientos lúdicos, considerando de vital importancia el juego como elemento creador, poiético, enhebrado a la humanidad. Un tipo de juego, señala Callois, son los juegos de simulacro, aquellos instaurados en la pretensión de confundir, de aparentar ser otro de lo que se es. Estos últimos pueden vincularse a los juegos de vértigo, fundados en la fragmentación de la percepción, en la rapidez del movimiento que no permite la coherencia de la composición fenoménica, inaugurando por lo tanto el caos, el pánico. La era postindustrial se asienta en el vértigo como elemento estructural. Y este Halloween pandémico de máscara y vértigo roza el paroxismo de esta formulación.

El juego continúa, propone Caillois, por su esencial elemento de incertidumbre, por ese final de partida no conocido. ¿Un Coup de Dés [lanzamiento de dados] puede abolir el azar? La broma del azar que, en términos de Nietzsche, asegura el eterno retorno, reinstaura una y otra vez la incertidumbre, reabre la apuesta de los jugadores, torna vivos los muertos, muertos los vivos. ¡Esto es Halloween, esto es Halloween! atrona el hilo musical.

Todavía me pregunto cómo hemos asumido estas falsas bocas como elemento natural de nuestro día a día. Cómo convivimos continuamente en un cuadro de Ensor sin sentir escalofríos. La máscara, reinterpretada por el cubismo, el surrealismo o el expresionismo, como elemento de despersonalización, desasosiego o suplantación, es lo suficientemente terrorífica como para que no haya que añadirle ningún otro elemento al disfraz. Se trata de un objeto que protege y aísla los conductos de la respiración y el habla. Oculto, orillado el aparato fonador. Un artificio que no nos permite reconocer la expresión facial del otro cuando nos interpela, acompañado en ocasiones de un EPI, cuyas siglas remiten a Equipo de Protección Individual. ¿Individual? Perdona, entre la mampara y la mascarilla no te oigo, ¿decías?, ¿querías?… ¿En quiénes nos estamos transformando? ¿Cómo negar que la identidad individual y comunitaria está sufriendo una mutación irreversible?

¿Alguna vez te rogué que me sacaras de la oscuridad?

Opinaba André Malraux en Saturno que la rupturista pintura de Goya, llena de brujas, monstruos y fantasmas, empleaba precisamente el disfraz y la máscara como un desenmascaramiento. Malraux, que entendía que el arte de la Modernidad era la única manera de luchar contra nuestro destino civilizatorio, ve en la oscuridad de Goya la inmensa luz que su crítica revela a través de la profunda transgresión. Goya es uno de los grandes pintores del miedo. En la serie Desastres de la guerra, que denuncia el brutalismo de la Guerra de la Independencia Española, no impactan tanto los aguafuertes como los títulos de las láminas: Al cementerio, Carretadas al cementerio, Las camas de la muerte, Así sucedió, Si son de otro linaje o Esto es lo verdadero son algunos de los pies de foto que recogen la violencia de lo representado. Y es que es precisamente la representación lo que nos hace mínimamente digerible el trauma, al simbolizar la extrañeza, lo desconocido, aquello que de tan real nos goza hasta los límites somatopolíticos sin que podamos codificarlo, significarlo, inscribirnos en su narración, su discurrir histórico o su semiótica. La mascarilla ha devenido signo absoluto, rota la cadena significante, los significados se solapan a empujones, tratando de entrar en nuestras infectas fosas nasales. Habitamos la niebla.

Que el desenmascaramiento de esta putrefacción prevírica nos ayude a tejer otros rostros, otros monstruos que den mucho menos miedo.

Quirúrgicas, de tela, de algodón orgánico, de veinte, de cuarenta lavados. ¿Son estas máscaras nuestras también el desenmascaramiento de toda una sociedad sostenida en la ficción de un capitalismo autosuficiente y caníbal? Escribía Nietzsche en Así habló Zaratustra: “¡En verdad no podríais llevar mejor máscara, hombres del presente, que vuestro propio rostro! ¡Quién podría reconoceros!”.

¿Podemos? ¿Podemos reconocernos en la desnudez que ha develado esta prenda textil? ¿En la sangre falsa, el papel de baño a modo de vendas de momias de cuatro, siete, noventa años? ¿No roza los límites de lo obsceno disfrazarnos de zombies en un momento histórico en el que los enfermos y muertos se cuentan por millones?

Lunes, 2 de Noviembre, Día de los Muertos, Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. ¿Todos? Hoy, en la iglesia de al lado de casa, han sonado las campanas con un tañido más grave, flemático. Se repiten los tres toques de ‘clamoreo’ pero los percibo más solemnes, algo más lentos. Un enjambre de aves asustadas llena el cielo de picos y plumas. Glas, clamor, toque de difuntos sin tacto, Hegel y Genet a puñetazo limpio y entre ellos un hiato, tumba-espacio-tumba.

Hoy, me explican, se celebra la misa por los fieles que se hallan aún purificándose en el Purgatorio. Purificar, expiar, higienizar, gel hidroalcohólico en todos los orificios de estos cuerpos nuestros a la espera. Enciendo una vela. Anoche arreglé un pequeño altar con las fotos de mis muertos. No les ofrecí dulces ni flores, pero cené a su vera, como hacíase antaño, velando el sueño de los recién desaparecidos. Anoche me pregunté exactamente a quién conmemoraba y por qué y de repente me eché a llorar. Inundado el salón de espectros conocidos y desconocidos, deambulando entre mis muebles, mis abuelos, todos los abuelos, mi madre, todas las madres. Hacer espacio a los muertos, de eso se trata, conmemorar su vida y hacer espacio a la vida por venir. Decir sus nombres en voz alta, que esta casa, que este territorio-mundo no olvide las precarias muertes de vidas precarizadas. Que el desenmascaramiento de esta putrefacción prevírica nos ayude a tejer otros rostros, otros monstruos que den mucho menos miedo. Que los niños, con su sangre falsa, aprendan, recuerden y sigan jugando en el lugar donde, aun muerto, no se muere.



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