Internacionales

Francia en la literatura venezolana (1/5)

Francia en la literatura venezolana (1/5)


Jean-Jacques Rousseau |
Maurice Quentin de La Tour

Por RAFAEL ARRÁIZ LUCCA

Para auscultar la influencia de Francia en la literatura venezolana necesariamente tendremos que referirnos a los estudios panorámicos de nuestra literatura, ya que son estos los que han abordado una visión de conjunto y nos permiten ubicar en el mapa las zonas de influencia. Además, en algunos casos, no será la literatura francesa la que incida en el espíritu del creador literario venezolano sino un cuerpo de ideas, una cultura, un movimiento filosófico nacido o alimentado por Francia, del que las letras serán tributarias o fuente inicial.

Las aproximaciones a la literatura venezolana con un propósito totalizante no abundan. Contamos con La literatura venezolana en el siglo XIX (1906) de Gonzalo Picón Febres; Formación y proceso de la literatura venezolana (1940) de Mariano Picón Salas; Panorama de la literatura venezolana actual (1973) de Juan Liscano; Noventa años de literatura venezolana (1993) de José Ramón Medina y Literatura venezolana del siglo XX (2009) de quien esto escribe. Acercamientos parciales se han efectuado más y con muy buenos resultados. Anoto los trabajos de Orlando Araujo y Julio E. Miranda sobre narrativa; los de Guillermo Sucre, Elena Vera, Joaquín Marta Sosa y El coro de las voces solitariasUna historia de la poesía venezolana (2002) de quien escribe, sobre poesía; los de Miguel Gomes, Gabriel Jiménez Emán y Oscar Rodríguez Ortiz sobre ensayo; los de Rubén Monasterios y Leonardo Azparren Jiménez sobre teatro. Escasean, pues, los que de un solo envión examinan el devenir histórico de nuestras letras.

Así, tenemos que los dos merideños Picón estudian el siglo XIX, mientras Liscano, Medina y este servidor se ocupan exclusivamente de la centuria que concluyó hace 18 años. A las dificultades de lectura del siglo XIX se le suma un problema de orden estructural, que finalmente resolví de la manera más simple, guiado por el norte de hacerles el camino más simple a los lectores. Al descartar otras opciones, escogí la de la estructura genérica, lo que hace de este breve recuento una relación dividida en tres partes y con la confesión añadida de que una posible cuarta no aparecerá porque no la conozco a fondo, y porque presenta problemas propios difíciles de resolver. Me refiero al teatro; añado que no estoy solo en estas dificultades y la razón estriba en que el teatro va más allá del texto como tal, y supone evaluaciones extraliterarias que lo tornan un fenómeno que se nos escapa de las manos. Felizmente, no faltan en Venezuela quienes se aproximen al teatro con pertinencia y solvencia.

Dilucidado este aspecto, volvamos al río central que nos lleva aguas abajo y aclaremos que sobre cada género remontaremos el río hasta sus inicios en la independencia, buscando ubicar la impronta francesa, y bajaremos hasta nuestros días, con la necesaria prudencia para sopesar nuestros tiempos actuales. Nos la jugaremos con títulos y autores que consideremos fundamentales. De libros, no de otro objeto está levantado el cuerpo de nuestra literatura.

La poesía nacional y el influjo del país de Baudelaire

La poesía venezolana desde Juan de Castellanos hasta Yolanda Pantin ha sido generosa no sólo por su cuantía, sino por lo plural que ha sido. Ha contemplado en su catálogo desde el melodioso verso de Andrés Eloy Blanco hasta el tormentoso y singular, del también cumanés, José Antonio Ramos Sucre. Ha alimentado el fuego del poema que inventaría la realidad y el del que la sintetiza, la resume. Entre estos dos extremos se ha movido esta voz ronca y, a veces, inasible de la poesía.

El primero que se ve urgido por el peso de una realidad por nombrar es Juan de Castellanos. No faltan quienes piensan que su obra es más la de un cronista que la de un bardo. En todo caso, fue escrita en verso y sesudamente estudiada por Isaac J. Pardo. Allí está, como el testimonio poético de una época que no se caracterizó por las luces (la imprenta llega a Venezuela poco antes de 1810) aunque, paradójicamente, la Venezuela colonial será la que dé dos espíritus universales de incontestable valor: Francisco de Miranda y Andrés Bello. Este último es el eslabón que sigue en la cadena de la poesía. El propio Bello ha relatado cómo los viajeros europeos se sorprendían con el fino espíritu caraqueño de finales del siglo XVIII, tan dado a las veladas poéticas, teatrales y musicales.

En los primeros poemas de Bello queda expresado el talante plácido y bucólico de la Caracas pre-revolucionaria. De la década de los años veinte son sus dos grandes poemas, ya escritos en Londres, “Alocución a la poesía” y “Silva a la agricultura de la Zona Tórrida”. Luego, en 1843, en Chile, publica un poema en homenaje a Victor Hugo: “La oración por todos. Imitación de Victor Hugo”, donde se hace evidente la lectura del gigante de las letras de Francia. También consta que Bello dominaba el francés, de hecho fue traductor de visitantes extranjeros en Caracas en los años finales del período colonial. La cultura francesa le era cercana desde su juventud caraqueña, sin la menor duda. Él mismo le refiere a su biógrafo Miguel Luis de Amunátegui (Vida de don Andrés Bello, 1882) que cuando recaló en La Guaira el bergantín Serpent con los papeles que conminaban a reconocer a José Bonaparte como Rey, el teniente francés Paul de Lamanon subió de inmediato a Caracas a presentarse, investido de autoridad, ante el Capitán General Juan de Casas, quien le encargó la traducción a él, el joven Bello, entonces oficial de secretaría de la Capitanía General, en 1810.

Entre los poemas neoclásicos del humanista Andrés Bello y la erupción del Romanticismo, los autores se esmeraban en beber en las aguas latinas y en hacer versiones de episodios clásicos. De este período son los apellidos Aranda y Ponte y, también, Sistiaga, que pronto abrieron las puertas a la generación de Cecilio Acosta, Juan Vicente González, Rafael María Baralt y Fermín Toro. De estos neoclásicos y románticos, el más destacado por su obra será Baralt, aunque muchos lo nieguen. De Acosta no quedó en poesía mucho más que su famosísimo poema “La casita blanca”. La prosa de Toro y la vehemencia política de González opacaron sus versos y, en ambos casos, se impone una relectura. A la obra de Baralt se le olvida con frecuencia porque se le estima muy apegada a preceptos clásicos, cuando sus compañeros González y Toro detonaban otras bombas. Con el tiempo, espero, crecerá su acompasada y sosegada dicción. En cualquier caso, la influencia de la literatura francesa en Baralt no es evidente. Imposible imaginar que no hubiese leído a los clásicos franceses, pero estos no parecen habitar en los resquicios de su obra. En verdad, el español fue el epicentro de sus indagaciones literarias, así como Venezuela fue el eje de sus trabajos históricos.

Pero no son los anteriores los poetas más populares del Romanticismo criollo. Ese puerto lo tienen ganado José Antonio Maitín con su “Canto fúnebre a la señora Luisa Antonia de Maitín” y Abigaíl Lozano con su “Crepúsculo”. Poco antes, José Heriberto García de Quevedo y Antonio Ros de Olano habían puesto su semilla en la popularización del Romanticismo. Luego, como era de preverse, lo vernáculo da su toque propio. Así fue como nuestro Romanticismo se hizo nave de nuestra sentimentalidad, nuestra sensualidad, nuestras riquezas y pérdidas.

Veamos ahora de dónde surgió el Romanticismo y el papel de Francia en este movimiento. El maestro Isaiah Berlin es autor de un estudio extraordinario, Las raíces del romanticismo, y en él puede leerse una definición precisa:

“Esta es, según lo puedo comprender, la esencia del movimiento romántico: la voluntad y el hombre como acción, como algo que no puede ser descrito ya que está en perpetuo proceso de creación; y no es posible siquiera decir que está creándose a sí mismo, ya que no hay sujeto, sólo hay movimiento. Este es el núcleo del romanticismo”.

 (Berlin, 2000: 183).

Recordemos que el Romanticismo nace como una reacción al Racionalismo de la Ilustración. En otras palabras, una reacción contra el mundo racional que fue instaurándose en Occidente. No es gratuito, entonces, que el primer Romanticismo haya surgido en Alemania e Inglaterra, y luego hallase tierra fértil en Francia, también. En todo caso, hay un Romanticismo vernáculo o criollo, y en alguna medida bebió de aguas románticas francesas, así como de inglesas, alemanas y, por supuesto, españolas.

Por otra parte, refiere Berlin que el Romanticismo dio pie al nacimiento de otro movimiento netamente francés: el Existencialismo. Un cuerpo de ideas posterior que tuvo una señalada importancia en el mundo occidental y que halló puertas al campo gracias al Romanticismo anterior, según Berlin. De modo que si el Romanticismo fue una reacción contra el racionalismo ilustrado francés, también fue antecedente de otro movimiento que nació a orillas del Sena: el Existencialismo. Por otra parte, antes he reflexionado sobre estos temas y conviene referir lo que dije en El coro de las voces solitarias sobre el particular, ya que contribuye a aclarar el asunto. Afirmé:

“En la raíz del surgimiento del Romanticismo está la negación del Neoclasicismo, así como en la aparición del Neoclasicismo estuvo el interés por sepultar la efusividad barroca. Aunque estas oscilaciones no pueden verse como la ocurrencia de un péndulo en su vaivén, lo cierto es que en esta secuencia fue así. Pero al visitar la tierra prometida del Romanticismo es necesario hacer algunos deslindes. El primero: no fue exclusivamente un movimiento literario, fue una propuesta climática, un cambio de vida, una alteración de los ángulos de visión. De allí que su expresión literaria sea uno de los caminos que encontró el torrente romántico para expresarse. La vida política también fue pasto de su fuego. De hecho, las guerras de independencia de las colonias españolas en América estuvieron inspiradas por dos hechos centrales: la revolución francesa y la independencia de los Estados Unidos. No exagero si afirmo que la independencia que logra Bolívar es un cetro romántico, entregado a un personaje arquetipal del Romanticismo: el propio Libertador. Este personaje lo encarnó Bolívar con tanta exactitud que la epifanía de sus victorias, las traiciones que sufre y la soledad de su muerte, en medio de la asfixia del tuberculoso, son todos episodios de un héroe romántico.

El Romanticismo no puede entenderse sin el surgimiento de la Modernidad. Esta adviene, como sabemos, con la operación crítica, con la razón que se empeña en echar por tierra los castillos que ella misma ha construido, y nada más crítico de los espacios racionales que el propio Romanticismo. De modo que, paradójicamente, el Romanticismo surge del seno de la Modernidad, a enfrentar lo que ella misma levanta. De allí que su operatividad asuma, probablemente sin saberlo, una estrategia típicamente moderna: mientras siembro árboles voy afilando el machete con el que voy a cortarlos. De modo que el Romanticismo no puede entenderse sin la Modernidad: aunque el primero niegue en su operación negadora está siendo profundamente moderno, profundamente revolucionario.

Pero si el Romanticismo tiene en Juan Jacobo Rousseau a su modelador socio político, en poesía encuentra a sus primeros cultores en Alemania e Inglaterra. Hölderlin, en Alemania, y Wordsworth (con sus Baladas Líricas, 1798, a orillas de los lagos del Lake District en el noroeste de Inglaterra), Coleridge, Shelley, Blake enfilan sus lanzas en contra del Racionalismo, y abogan por una poesía de circunstancia propia, de íntimos recintos espirituales, de paisajes interiores como espejos de los que la naturaleza brinda en su esplendor. El Romanticismo se propuso darle la espalda a las construcciones intelectuales que olvidaban el temblor vital, en ese sentido proclamaba un matrimonio entre la vida y el arte, un matrimonio indisoluble que trabajara más con el cuerpo y la realidad que con los ideales aéreos. Puede afirmarse que el Romanticismo reaccionó en contra del espíritu racionalista; frente a la petrificación que éste fabricó, ofreció la flexibilidad de sus efluvios”. (Arráiz Lucca, 2002: 31). Suscribo lo que afirmé hace ya 16 años: si bien el Romanticismo literario no nace en Francia, no es menos cierto que como movimiento político halló en Rousseau a un cultor y modelador de primer orden, y es imposible negar la influencia de Rousseau en el instrumental ideológico de Simón Bolívar. Volvamos a la literatura.

Con menor resonancia pública, pero no por ello menos considerables, los nombres de José Ramón Yépes y de José Antonio Calcaño son imprescindibles. Este último, perteneció al clan de los Calcaño, quienes cultivaron diversas artes con igual factura estética. Calcaño logró combinar cierto acento popular con momentos inocultablemente elaborados y cultos, tocando así los dos extremos del Romanticismo criollo. Yépes, nacido a orillas del lago de Maracaibo, dibujó su sentida “Balada marina”, atendiendo a los valores patrios y la sentimentalidad criolla.

Entre el Romanticismo y la insurgencia del Modernismo, el Parnasianismo tuvo la palabra en Venezuela. Las voces de Manuel Fombona Palacio y Jacinto Gutiérrez Coll se dejaron escuchar entonces. Sobre el Parnasianismo, conviene recordar que: “Nace en Francia como una reacción, un llamado al orden, frente a los excesos del Romanticismo. Pero no hay manera de entender al Parnasismo si no se le estudia como una de las manifestaciones que buscaba salir del laberinto romántico, desde el Romanticismo mismo, para ir hacia otras dimensiones. En tal sentido es que debe tenerse en cuenta que el Parnasianismo es anterior al Modernismo por muy pocos años, y mientras uno es de raigambre europea, el otro es una invención americana. Es común a ambos el diagnóstico de agotamiento en que se encontraba el Romanticismo, y ambos se mueven a partir de allí en busca de oxígeno. Ahora bien, si el diagnóstico de agotamiento retórico del Romanticismo es severo en Europa, cómo podría ser en América, donde el Romanticismo presentaba las características que ya conocemos.

París es la ciudad donde se inicia la reacción parnasiana. Alrededor de la revista Le Parnasse Contemporain, publicada entre 1866 y 1876, y animada por Leconte de Lisle, José María Heredia, Sully Proudhomme y Théophile Gautier, entre otros. La reacción proponía una dupla distinta a la del Romanticismo, arte y vida, y se pronunciaba por la de arte y ciencia, añadiéndole la coletilla según la cual debían ir juntos, pero sin confundirse. El ensayista Luis Beltrán Guerrero definía a la lírica parnasiana como: “Poesía de severa precisión formal, de objetiva impasibilidad, exótica y erudita, refinada y exacta, arqueológica y contemplativa”. En verdad, lo que buscaba decir el ensayista es que el Parnasianismo, como lógica reacción frente al Romanticismo, buscaba negar la fuente de la retórica romántica: la efusión individual, la confesión personal. De allí que la emocionalidad estuviese proscrita del campo semántico parnasiano. Si los poetas románticos cantan, gimen, se cuecen en sus martirios, los parnasianos buscan la serenidad marmórea de los griegos. Algunos críticos e historiadores, que le ponen mucha atención a las luchas de poder en el intramundo literario, le asignan gran peso a la intención parnasiana de estremecer el trono de Victor Hugo, y no les falta razón, pero las luchas por el poder del convento poético no son los únicos motores de estas revueltas líricas.

El crítico Julio Calcaño, en el prólogo a las Obras Literarias de Heraclio Martín de la Guardia, entrega una definición del parnasianismo, dice: “Para el parnasiano la poesía es el arte de versificar con propiedad, delicadeza y corrección. La propia definición está diciendo que no es más que una de las calidades de la poesía: pero el parnasiano no piensa gran cosa en conmover, en impulsar la meditación o desatar las lágrimas o regocijar el espíritu con rasgos de ingenio; su ahínco lo pone en deslumbrar, en causar admiración con la belleza del verso y de la rima, la armonía del ritmo, la viveza de la imagen y el brillo del colorido”. En el fondo, de lo que habla Calcaño es de la devoción griega de los cultores del parnasismo, de hecho, Leconte de Lisle, a quien se le tenía por un hombre ilustrado y viajado, se le atribuye la incorporación y el trabajo con el mundo helénico, después de su viaje juvenil a Grecia. Pero no le eran ajenas a este poeta ni la cultura india, ni la tragedia griega, ni Homero. En el prefacio que él mismo redactó para su libro Cantos antiguos (1852), puede atisbarse una suerte de declaración de guerra y de proclama de los propósitos de esta respuesta al Romanticismo decadente.

El último parnasiano que hubo en Venezuela fue el poeta zuliano Jorge Schmidke quien, en su discurso de incorporación como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, afirmaba: “La nueva generación poética, convencida de que el devaneo y de que la negligencia de la forma son síntomas característicos de la infancia del arte, la nueva generación poética se distingue mayormente por el cultivo severo de esta desdeñada forma y por la precisión matemática de las ideas.” Aquí, convendría preguntarse si en el caso venezolano la aparición del Parnasianismo y del Positivismo no fue concomitante. Pues sí, y lo fue apelando a la autoridad de la ciencia frente a la gratuidad en que caía con facilidad el Romanticismo criollo. Por eso decía al principio que el Parnasianismo fue un llamado al orden, como también lo fue el fervor científico que alentaba al Positivismo. Sin embargo, no está demasiado claro el panorama parnasiano venezolano, y la razón es muy sencilla, los poetas que prendían velas frente a este altar no fueron absolutamente puros en su ofrenda. Quiero decir, en la poesía parnasiana nuestra se hallan rastros del Romanticismo que esa misma poesía enfrentaba. Incluso, algunos poetas se inician en la reacción parnasiana y luego regresan al Romanticismo de galería que les valía el favor de los lectores. Además, con inusitada frecuencia los lectores críticos no supieron discriminar entre el Parnasianismo y la vuelta a cierta rigidez propia del Neoclasicismo. De modo que con frecuencia creyeron encontrar rasgos parnasianos en poetas que estaban trayendo de nuevo la severidad marmórea de cierto neoclasicismo autoritario. Estos dos elementos, la turbia separación de las aguas con el Romanticismo y la confusión entre la vuelta al Neoclasicismo y la actitud parnasiana, hacen delicado el trabajo de construcción de un árbol genealógico parnasiano. Sin embargo, veamos, caso por caso, la obra de algunos de los poetas de nuestra nómina parnasiana”. (Arráiz Lucca, 2002: 55).

Como vemos, el Parnasianismo francés halló tierra fértil en Venezuela en una reacción anti-romántica encarnada por un puñado de poetas de significación. Del Romanticismo el poeta más significativo será Juan Antonio Pérez Bonalde, la voz más importante después de la de Bello en el siglo XIX venezolano. Este poeta se ausentó por años del país y se formó en otras lenguas, de las que llegó a dominar y traducir tres, se hizo cosmopolita y logró acercarse al Romanticismo de otras geografías. Fue bastante más allá del ibérico, que era el más influyente en el nuestro, y se adentró en el alemán y el anglosajón. Así fue como su propia voz se hizo más profunda, alejándose del grito para acercarse al susurro y a otros matices valiosísimos. Su “Poema al Niágara” y su “Vuelta a la patria” bastan para tenerlo como figura ineludible en el devenir de la poesía venezolana, destacándose notoriamente sobre sus contemporáneos.

En el tránsito hacia el Modernismo, el Criollismo alzó su voz, junto con otras voces que, rezagadas, entonaban un canto aún romántico. Los nombres de Andrés Mata y Gabriel Muñoz, así como el de Udón Pérez, se recuerdan entonces. Francisco Lazo Martí publica su “Silva criolla”, salvando al Criollismo del peligro de la mera descripción costumbrista. Esto ocurre en paralelo con el surgimiento del Modernismo en nuestra poesía, que tiene a Rufino Blanco Fombona, Alfredo Arvelo Larriva y José Tadeo Arreaza Calatrava como sus más altos cultores. Si Lazo Martí está tejiendo sus versos criollistas, Arvelo Larriva recoge el cauce del humor nuestro en registro modernista, mientras Arreaza se propone la confección de una epopeya de las faenas modernas. A la “Silva criolla”, ya citada, se suman los “Sones y canciones” de Arvelo y el “Canto a Venezuela” y el “Canto al ingeniero de minas” de Arreaza. Como vemos, conviven en una etapa de transición tanto rasgos criollistas como románticos, como modernistas, señalándonos que la delimitación entre las tendencias es imposible establecerla con precisión.

El Modernismo llegó a su fin de manos de la Generación de 1918. Sin duda, y a juzgar por la calidad de los poetas, una de las más fértiles de la poesía venezolana. Su importancia no radica en sus posiciones estéticas iniciales, sino en las obras que lograron concluir después. Fue, también, una generación disímil y hasta contradictoria: a ella pertenecieron un finísimo espíritu como el de Enriqueta Arvelo Larriva, dada siempre a las honduras de la intimidad, y un bardo en conexión directa con las manifestaciones de la venezolanidad: Andrés Eloy Blanco. Son, además, fundamentales para el estudio de esta generación las obras de Fernando Paz Castillo, Luis Barrios Cruz, Luis Enrique Mármol, Jacinto Fombona Pachano, Rodolfo Moleiro y, por supuesto, el incómodo José Antonio Ramos Sucre. Este último realmente ascendido al cielo por la generación de los años sesenta.

En cuanto a las influencias francesas de esta Generación de 1918, nadie más autorizado que Fernando Paz Castillo para precisarlas:

“La generación del 18 en mi concepto cumple un papel dentro del desarrollo de nuestra cultura. Define la reacción contra el positivismo, que tímidamente ya se había iniciado. Se inclina francamente hacia la corriente espiritualista que invade el mundo. Es una generación de cultura principalmente francesa. Por consiguiente, es justo que reciba y capte, bien en el propio ambiente y en la enseñanza del maestro, bien de segunda mano en versiones españolas, la influencia de Bergson. Yo no vacilaría en decir que fue una generación bergsoniana, tanto por el sentido poético de su filosofía como por su posición elegante en la vida intelectual de la época.”

 (Paz Castillo, 1995:74)

Como es sabido, Henri Bergson (1859-1941) fue un filósofo francés que reaccionó contra el Positivismo, diseñado originalmente por otro francés, Augusto Comte (1798-1857), que tuvo una enorme influencia en todo el mundo occidental y que veremos cuando abordemos el género del ensayo. En lo que a la poesía se refiere, los poetas venezolanos de la Generación de 1918 comulgaron con la reacción de Bergson contra el Positivismo y a favor del Espiritualismo y el Vitalismo. Es decir, suscribieron el proyecto de morigerar el Racionalismo Positivista a favor del Humanismo bergsoniano y del Idealismo, que según Paz Castillo fue la impronta que más sedujo a su generación. No obstante lo dicho por el gran poeta caraqueño, esta influencia se advierte en su obra, en la de Rodolfo Moleiro, en la de Jacinto Fombona Pachano, pero no en la de Andrés Eloy Blanco, cuya poesía era evidentemente cercana al espíritu español.


* Las siguientes cuatro entregas de este ensayo las publicaremos en este mismo espacio web los días 30 de noviembre, y 1, 2 y 3 de diciembre.

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