Política

Islas Canarias | Contra el hotel de La Tejita y su mundo (II): tierras arrasadas – El Salto


La producción capitalista ha unificado el espacio, que ya no está limitado por sociedades exteriores. Esta unificación es un proceso a la vez extensivo e intensivo de banalización (…). Desde ese momento, el espacio libre de la mercancía se modifica y se reconstruye a cada instante, para hacerse cada vez más idéntico a sí mismo, para alcanzar más perfectamente su monotonía inmóvil.

Guy Debord, La sociedad del espectáculo

En el anterior artículo pusimos en común lo vivido en la lucha contra el hotel de La Tejita y comenzamos a esbozar qué subyacía a la problemática del turismo —la forma capitalista de viajar— y la relación con el territorio que trae consigo. Decíamos que “al turista todo le es familiar porque la constelación heterogénea de mundos posibles ha sido reducida a uno solo mediante programas de urbanismo, desarrollo y modernización. El hotel que paralizamos era uno de los puntos de esos programas (…). Vivimos en una metrópoli porque ha sido la forma de estar en el territorio que se ha proyectado sobre el planeta (…); la liquidación de las formas vernáculas de habitar los mundos es una consecuencia colateral pero esperada de la construcción positiva del tejido metropolitano mundial”.

EL MODELO ECONÓMICO BASADO EN EL TURISMO

En Canarias aprendemos en la escuela que el turismo es lo que nos da dinero y nos permite vivir. Por si acaso nos olvidamos, los telediarios nos lo recuerdan a menudo. Tras el confinamiento pudimos ver que el sur de la isla, zona hotelera por excelencia, se convirtió en una pequeña colección de ciudades fantasma a la espera del retorno de los turistas. Lo que deja el turismo a su paso es un puñado de lugares desangelados y vacíos: vacíos de gente, vacíos de vida. Después de que la numerosa marabunta de guiris abandonara la isla quedó más al descubierto que nunca la penosa pobreza que puebla las zonas turísticas.

Los turistas van y vienen, muchos vuelven. La precariedad permanece. En contraposición a lo que nos cuentan en el telediario acerca de las virtudes y beneficios que reporta a la población canaria el turismo, es curioso con lo que se encuentra uno al observar un mapa de la renta per cápita en Tenerife. Los datos son demoledores: las zonas turísticas coinciden exactamente con las zonas con mayor índice de pobreza extrema de Tenerife —y, por si fuera poco, del Estado español—.

Aparte de ser zonas con un índice de pobreza extrema altísimo —entre el 20 y el 25%—, las personas que escapan de ella siguen teniendo rentas muy bajas. El relato oficial se tambalea. Ni siquiera las ganancias económicas del turismo se quedan en Canarias: las principales empresas hoteleras —Meliá Hotels International SA, Iberostar, RIU, Grupo Barceló…— o grandes constructoras como el Grupo Viqueira, promotora del proyecto turístico de La Tejita, son capitales externos.

La economía es la ciega directora de la sociedad

El crecimiento exponencial del turismo esta última década no vino acompañado de un crecimiento del empleo. Recogen nuestras compañeras de la Asamblea Canaria por el Reparto de la Riqueza que, “según datos de Exceltur y del Gobierno de Canarias, en 2007 había 318.000 empleos en el sector turístico para más de 9 millones de turistas mientras que en 2017 había 327.00 empleos para atender 16 millones de visitantes”. El aumento de la masa de turistas fue posible, por supuesto, gracias a la construcción de nuevos hoteles. Queda claro que más hostelería no trae más empleo. Los canarios no somos los que necesitamos más hoteles; los empresarios tal vez sí. Los trabajos en hostelería son además temporales, precarios y mal remunerados. ¿Por qué existe la necesidad de construir nuevos hoteles, teniendo en cuenta además que se muestran impotentes a la hora de generar empleo?

Hotel La Tejita Tenerife - 1

La difusión y generalización del turismo a un sector mucho más amplio de la población vino de la mano del abaratamiento de la mercancía experiencia-turística. Para mantener o aumentar los ritmos de ganancia del turismo fue necesario el crecimiento físico de esta industria: cada vez más aeropuertos, más destinos turísticos, más localidades hoteleras con más hoteles, más modos de hacer turismo siguiendo el compás de la modernización —como, por ejemplo, Airbnb—. La necesidad de nuevos hoteles nunca desaparecerá. Los mismos motivos que hay para invertir un millón de euros y convertirlos en dos millones los están para volver a invertir esos dos millones. Es cierto que la industria turística ha venido cosechando estos últimos años ganancias muy favorables, pero bien es cierto también que ese ritmo de beneficios no puede mantenerse si la cantidad de hoteles, vuelos y todo lo que les rodea se mantiene estable: ha de crecer y expandirse. La economía es la ciega directora de la sociedad.

TURISMO Y TIERRA 

Más allá de empleos precarios y un modelo económico nefasto, el turismo trae también consigo una manera precaria de relacionarse con la tierra. El colonialismo en el ámbito económico se presenta como la imposición de un modelo extractivista a la vez que nos hace dependientes del exterior, pues carecemos de soberanía alimentaria ni autosuficiencia de ningún tipo. Pero el colonialismo también es cultural, como veremos más adelante. Como apuntábamos en el artículo anterior, la única relación con el territorio pensable bajo lógicas capitalistas es la de la gestión, administración y valorización. Esto no es exclusivo de la industria turística, se conoce de sobra cómo muchas industrias arrasaron y están arrasando con los medios naturales del planeta. Particularmente, las infraestructuras del turismo han destrozado incontables zonas vírgenes dejándolas irreconocibles, un ejemplo claro es la manga del Mar Menor. La actividad que se desarrolla en estos lugares es la propia de un parque temático. El daño que hace este insostenible ritmo de consumo al entorno natural ha sido analizado ya en detalle en múltiples ocasiones, y tampoco parece haber a estas alturas ningún intento de ocultarlo por parte de instituciones y hoteleros. ¿Qué implicaciones tiene todo esto en la manera de poblar un territorio?

La gestión capitalista es la principal enemiga del arraigo. Muchas costumbres y tradiciones, así como formas singulares de habitar, estaban íntimamente ligadas a su territorio. Quienes las mantenían vivas eran las personas que directamente las experimentaban y practicaban. Cuando los medios de vida de un pueblo son extirpados y este se ve forzado a reconducir su actividad a aquella que el capitalismo requiere de este, el pueblo y sus costumbres comienzan a morir. Con la imposición de la economía también se impone su manera de relacionarse con el territorio: las prácticas, saberes y tradiciones de un pueblo eran indisociables de su manera de habitar la tierra; ahora para subsistir se ve forzado a desligarse de esta para mercantilizarla —modo de relación universal con el territorio bajo el capitalismo—.

Tomemos un ejemplo claro: el salto del pastor. Debido a la abrupta orografía canaria, plagada de barrancos, riscos y desniveles, sus habitantes se vieron forzados a inventar una forma de desplazarse ágilmente por el terreno. Con ayuda del garrote, una larga vara de madera, los pastores se desplazaban por los lugares que habitaban. Hay evidencias de que incluso los guanches lo practicaban. Es un saber ligado a la vida del pastor. No puede entenderse sin tener en cuenta cómo moraban por el territorio, y solo tiene pleno sentido unido a cómo comprendían ellos su relación con la tierra. Vivían con la tierra y no a costa de ella y de su expolio. Hoy, que no es posible ser autosuficiente como lo eran las poblaciones pastorales canarias, subsistimos a base de la ya nombrada relación nociva e indiferente con nuestro territorio. Los descendientes de los pastores trabajan hoy en hostelería.

Salvar la tejita 2

El problema no es tanto que se pierda una u otra tradición concreta —estas pueden evolucionar, cambiar, ser superadas o sustituidas por otros modos de hacer…—, sino que se pierdan una multiplicidad de formas de vivir y habitar una tierra a la que se está arraigado. Ahora se vive aquí como se vive en cualquier rincón del mundo. Muchas otras formas han muerto alrededor del globo. Toda cultura se diluye. «Arruinar toda comunidad, separar a los grupos de sus medios de existencia y de los saberes que conllevan: ésa es la razón política que dirige la incursión de la mediación mercantil en todas las relaciones» (Llamamiento, sin autor). Cabe señalar, no obstante, que el futuro y presente que queremos construir y vivir no consistirá en volver a un pasado idealizado sino más bien en repensar los modos de vida existentes. Las épocas anteriores tenían muchos problemas por solventar y hay tradiciones que es mejor no repetir. Pero sí hay que hacer un trabajo de recuperación y reparación histórica importante. 

La experiencia turística como modo de viajar es, además, pobre. Solemos oír hablar de los viajes turísticos como experiencias intensas, muy vívidas, aventuras en las que uno puede encontrarse a sí mismo en un espacio desconocido y volver a casa con alguna enseñanza vital o conclusión existencial. Cuando se trata de disponer todos los recursos de un lugar para satisfacer esa necesidad de evasión de una cotidianeidad de pobreza existencial, la experiencia que se les vende es una prolongación de esa forma de vida alienada que se señala como su antítesis. El turista se muestra impotente a la hora de vivir un mundo que está ya muerto. De ahí que intente capturarlo todo con la cámara para conservarlo: se le deshace entre las manos. Lo que ya no puede ser directamente vivido se erige como objeto de culto y contemplación. La relación del turista con el mundo es falaz, un turista nunca se sale de su propio mapa. Retorna a su casa sin que el lugar haya pasado por él. Sus pasos tampoco dejaron huellas.

TIERRA, TRADICIÓN Y LUCHA

La conquista de la mercancía de todos los aspectos de la vida cotidiana ahogó hace ya varias décadas todo horizonte que intentase escapar del dominio capitalista. Este modo de producción no sólo se impuso como único horizonte existente, sino que además convirtió todo a su imagen y semejanza. Es por esta razón que lo que en algún momento pudo haber conectado identitariamente al pueblo canario, como puede ser un tajaraste o una romería, ha dejado de hacerlo en el presente. Si bien esas tradiciones se siguen aún conservando, es una minoría quien las practica. Se hace además aisladamente, sin que estas estén conectadas a la cotidianeidad de quien las realiza. Muy posible es que muchos otros elementos culturales sean ya únicamente piezas de museo legadas a ser mero objeto de contemplación. El mundo globalizado, con la mercancía como mediación única entre los cuerpos y con el territorio, consiguió unificar todos los países bajo un mismo branding. La diversidad de mercancías en el mercado es la diversidad de lo mismo. En un planeta donde vayas a donde vayas puedes disfrutar de un sorbo de Coca-Cola, puedes comprarte una camisa de tu estrella de fútbol favorita u ocupar tu tiempo libre viendo el último estreno de la cartelera hollywoodiense, no existe sitio ya para las tradiciones tal como las conocíamos.

Es por eso que una articulación de las luchas en el territorio canario en torno a una cultura canaria parece haber perdido las fuerzas que tenía en un pasado. La realidad es que la gran mayoría de jóvenes del archipiélago no sienten ninguna vinculación con ese tipo de costumbres, pues no las han vivido, a lo sumo las han observado. Esto es algo que se puede ver reflejado fácilmente en las expresiones musicales y artísticas de las distintas épocas recientes en Canarias. Si antes el pueblo canario podía sentirse unificado y vivir una experiencia real de comunidad bajo las notas de un timple o un tambor gomero, ahora lo que hace a la juventud verse representada en las letras de un artista canario son referencias al paisaje tan diverso en el que vivimos. 

Los turistas van y vienen, muchos vuelven. La precariedad permanece

Para nosotros parece evidente que el arraigo a Canarias entra hoy primero por los ojos. El canario siente apego por sus ricos y diversos paisajes pero no necesariamente le confiere a ello un contenido o valor cultural. Lo que pervive hoy de las tradiciones y saberes antiguos de los que hemos hablado, que brotaban de la tierra, es ese apego y pertenencia que sienten los canarios por y a través de su territorio. A partir de aquí, de ese sentir, es desde donde parece más preciso comenzar a construir, aprender y enseñar, pues es lo que históricamente nos dio fuerza. Los trabajos de recuperación de nuestra historia y nuestras tradiciones, así como el de la generación de nuevas prácticas a la altura de nuestra época deben aprovechar la fuerza que nos da nuestra tierra.  

En nuestro archipiélago no son pocas tampoco las movilizaciones que se han venido haciendo en reivindicación de un trato más justo de nuestras tierras. Esta vez fue en la playa de la Tejita, el año pasado fue en Agaete tras el intento de ampliación del muelle en el pueblo costero de Gran Canaria, desde 2011 se estuvo luchando contra la multinacional Repsol, cuya intención era la de construir petroleras cerca de las aguas de Lanzarote y Fuerteventura, la lucha contra el destrozo de la montaña de Tindaya en Fuerteventura para construir un monumento… Recientemente, las masivas movilizaciones contra los vertidos de aguas sin depurar en nuestras costas—mucho del caudal venía de hoteles—. Y, cómo no, la larga lucha contra el puerto de Granadilla, que durante años convocó muchas de las manifestaciones más masivas de las islas —lo que no impidió a los políticos seguir adelante con su proyecto—.

cesar manrique pocillos

César Manrique, en una concentración de 1988 contra la construcción de un complejo turístico en la playa de Los Pocillos. Foto: Fundación César Manrique

Así, tenemos la certeza de que la articulación de luchas desde las particularidades del contexto canario ha de combinar inteligentemente la defensa de nuestra tierra y la recuperación y reparación de nuestra historia y tradiciones. También tenemos claro que por muy resilientes que seamos debemos de ir más allá de la resistencia. Con un discurso que sepa señalar bien qué y cómo destroza nuestra tierra y nuestra gente, es decisiva la construcción en positivo de un tejido que sepa mirar y experimentar más allá del capitalismo y sus formas relacionales. Conectar con lo local y atacar a los problemas generales del capitalismo desde la forma en la que aquí se presentan.

Una imagen que nos dio mucha fuerza mientras luchábamos en La Tejita fue una fotografía de César Manrique —figura clave para Canarias— manifestándose contra la construcción de un hotel en la playa de Los Pocillos, en Lanzarote, en 1988. El paralelismo era abrumador, las fotos de aquel momento y el nuestro solo se diferenciaban en lo antiguo. Él supo entender bien y advertir en aquel entonces los problemas de convertir a Canarias en un paraíso turístico. A lo largo de toda la historia colonial canaria no faltó nunca gente dispuesta a dejarse cuerpo y alma por su pueblo. Hoy cogemos su testigo.

En palabras de Benjamin, ganar las fuerzas de la historia a nuestro servicio implicará «retener una imagen del pasado como la que imprevistamente [se nos presenta] en el instante mismo del peligro. Y éste amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a sus propios receptores. Para una y otros él es el mismo: a saber, convertirse en un instrumento de la clase dominante. Así, en cada época es preciso intentar arrancar de nuevo la tradición al conformismo que siempre se halla a punto de avasallarla. (…) El don de encender la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiógrafo [o a los que luchan, en nuestro caso] que esté convencido de que ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si éste vence. Y ese enemigo no ha dejado de vencer» (Walter Benjamin, Tesis sobre el concepto de historia, VI).



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