Política

Obituario | Resistir desde lo común – El Salto

Obituario | Resistir desde lo común - El Salto


Nuestra historia común, la historia de las muchas personas que buscamos crecer y sostenernos en comunidad, se va haciendo así, con momentos inesperados que se reciben como una broma o como la expresión de una peculiaridad; se construye a ramalazos como, por ejemplo, el de quien dijo que una moneda social tenía que tener su banco social y okupado, o el de aquel muestrense que, hace casi veinte años ya, dijo en un bar que Vallekas tenía un festival de cine y Lavapiés no y que eso no podía ser.

Clara y Pablo, con un bebé en brazos, se habían metido un año antes en nuestro grupo de consumo, en Karakoleka. Allí pasaron meses encargándose con paciencia de reparar casi diariamente esa hoja de excel compartida que todo grupo de consumo tenía entonces, a la que nosotras llamábamos la KAGO, un nombre que supongo que sería un acrónimo de Karakoleka Google, pero que le venía al pelo a ese artefacto mortífero, que se tragaba pedidos y escupía errores con una facilidad pasmosa. Pero, a principios de 2012, en la asamblea mensual, dentro del obligado punto “varios” del orden del día, que daba el pistoletazo de salida en tumulto al bar de enfrente, pidieron palabra y dijeron tímidamente: “Es que nosotros… le tenemos manía a Google. Así que hemos pensado que nos gustaría hacer otra cosa.” Supongo que no nos sonaría muy raro. Como todo grupo cohesionado y eficaz, éramos en el fondo una colección heterogénea de manías: a las multinacionales, a las grandes superficies, a los pesticidas, a las etiquetas con información confusa, a los bancos y las transferencias, incluso había quien le tenía manía a las neveras.

No nos sonó raro, pero dudo que entonces le diéramos demasiada importancia. Es incluso posible que no nos diéramos cuenta de que nuestra apuesta por la autogestión y el apoyo mutuo, por las redes de pequeñas productoras y grupos de consumo autónomos, por la soberanía alimentaria y la sostenibilidad acababa de enriquecerse con el movimiento del software libre y la soberanía tecnológica. Un par de meses más tarde, Clara y Pablo nos invitaron a “probar” su nueva herramienta, que describieron como una aplicación para facilitar los pedidos e independizarnos de los programas informáticos y plataformas propietarias. Empezó una etapa fascinante donde pudimos aprender de primera mano cómo se construye de manera comunitaria una herramienta, donde pudimos aportar desde nuestra ignorancia informática y desde nuestra experiencia militante todas las ideas que se nos pasaban por la cabeza. Evaluamos colectivamente todos los pasos de la gestión de un grupo de consumo: los pagos, el reparto, el pedido, el coste de transporte, las incidencias, las variaciones en el peso de los repollos, la entrada o salida de los productos según la temporada.

Por si el proceso no fuera ya suficiente regalo, el invento acabó llevando nuestro nombre: Karakolas. Porque, dos años más tarde, la aplicación ya no era únicamente nuestra manera de gestionar los pedidos del grupo. Era una herramienta que se ramificaba y fortalecía a un ritmo increíble, que gestionaba los pedidos comunes de varios grupos (Mercapiés), que adoptaban cada vez más grupos, veteranos y nuevos, que empezaba a funcionar también como una red de productores, que incluso permitía la creación y el trabajo de un gestor de productores como Ecomarca o que incorporaba las compras colectivas. Muchísima gente participó y sigue participando en el sostenimiento, cuidado y gestión de Karakolas, un trabajo que se concibió y se lleva a cabo de manera colaborativa y colectiva, mediante asambleas anuales y mediante la aportación de personas procedentes de los grupos que la usan.

Compartí con Clara y su familia espacios en los que explorábamos la crianza compartida y la educación activa, buscando una alternativa para les niñes que no les abocara antes de tiempo a la disciplina escolar tradicional

Entre tanto, otras explorábamos también los campos de la crianza compartida y de la educación activa, buscando una alternativa para les niñes que no les abocara antes de tiempo a la disciplina escolar tradicional. Compartí algunos de esos espacios con Clara y su familia (había llegado un bebé más) y recuerdo ahora su enorme regocijo cuando trajo un día a la escuelita un juego que había descubierto: una serie de figuras geométricas (triángulos, cuadrados y pentágonos) planas y de colores que se enganchaban con firmeza unas en otras y podían formar todo tipo de formas bidimensionales y tridimensionales fantasiosas sin perder nunca la base geométrica de sus piezas de origen. Se llamaba “locón” o “logón”, nunca me molesté en resolver esa ambigüedad tan bella. Era potencialmente infinito, se le podían añadir todas las piezas del mundo. “Con esto se aprende todo”, me decía Clara con los ojos brillantes. Karakolas es también un logón o locón de muchísimas piezas, con un potencial revolucionario infinito, y su primera fuerza motriz fue la alegría y la generosidad de Clara, expansiva e incontenible y a la vez precisa y lógica, siempre incapaz de pensar en términos que no incluyeran lo común. 

Durante todo el largo proceso de su enfermedad, que terminó con su muerte este pasado 7 de octubre, Clara sostuvo una inmensa y variopinta red que a la vez trataba de sostenerla a ella. Quienes no podíamos estar lo bastante cerca como para tenderle la mano de vez en cuando, recibíamos periódicamente una carta colectiva, una exposición excesiva y minuciosa como era ella, donde detallaba el código abierto del cáncer: los síntomas, los diagnósticos, los componentes y las dosis de la medicación, los procedimientos de exploración, las intervenciones quirúrgicas, los efectos secundarios, el trato con las profesionales sanitarias. Su forma de estar en el mundo seguía dictada por esa necesidad tan suya de hacer red con el conocimiento compartido, de luchar por la soberanía biotecnológica, en este caso de adueñarse de los procesos de la enfermedad, y de hacerlo en comunidad. 

En una de las treguas que le concedió la enfermedad, Clara cantó Resistiré a grito pelado, bailando desenfrenada con un cuerpo que exhibía todas las marcas de la enfermedad

Mucho antes de que se convirtiera en el himno inesperado de un confinamiento y de que sonara por los balcones de media España, las integrantes de la Muestra de cine de Lavapiés siempre reservábamos Resistiré para cantarla nosotras como clausura de nuestro karaoke anual. En una de las treguas que le concedió la enfermedad, Clara se vino al karaoke en la Quimera para dejarse desbordar por la risa ante los desvaríos y desafines varios del personal. Y cantó Resistiré a grito pelado con las muestrenses, bailando desenfrenada con un cuerpo que exhibía todas las marcas de la enfermedad. Por muy manida que quedara la canción después de meses de repetición incesante, nunca pude, ni puedo, dejar de escuchar en ella los ecos de esa red generosa en la que creía Clara, multiplicándose y replicándose. 

Aquí seguimos, Clara, intentando hacer lo que tú tan bien sabías hacer: resistir desde lo común.



Source link

También pueden gustarte

Leer más