Política

Opinión | Elegía de los comeflores melancólicos – El Salto


En una época anterior en que “mi mundo” se disgregaba (se iba a la mierda directamente), hallé cierto consuelo en estudiar la historia cultural de la melancolía. Leí todo lo que caía en mis manos, ensayos clásicos y modernos, investigué para conocerme a mí misma.

Aunque habitualmente se usa como sinónimo de tristeza o depresión, lo cierto es que es mucho más que una afección del alma o la psique: la melancolía es un concepto vertebrador de épocas enteras y motor de creación, mucho más de lo que se imagina.

He afirmado entonces y ahora que es, más allá de un síntoma de carácter, una forma de conocimiento del mundo, un visaje del pensamiento: el melancólico, la melancólica, no son seres oscuros abismados u obsesionados con la muerte. Antes, es alguien que conoce profundamente la impotencia del ser humano y el desastre que lo circunda, y aun así insiste en confiar en el futuro; a pesar de tener todas las señales en contra, a pesar de la deriva autodestructiva  y a pesar de sí mismo. Hay ejemplos de guerrilleros melancólicos y de luchadoras melancólicas que fueron, en esencia, seres divididos entre la derrota anticipada y la necesidad de sentir agarre en este mundo.

Agarre. El melancólico lleva dentro una ausencia. La condición melancólica es la experiencia del agujero metafísico del que brota la tristeza. Lo que anhelamos es eliminar ese hueco que sentimos entre nosotros y las cosas, hacer patente esa vinculación necesaria para respirar y vivir entre nuestros semejantes. Perseguimos aferrarnos a esa interconexión, mantenernos atados al mundo y sus batallas, para no soltarnos en el espacio frío que es la existencia. Ese agujero, esa distancia, se intenta llenar con mil estrategias: solidaridad, ideales, justicia (o hambre de la misma) y nunca se consigue del todo, pero se insiste. Si algo es el melancólico es un tozudo. Mi melancolía favorita está hecha de ese impulso, nacido en el mismo centro del pecho, por acortar la distancia (y el dolor que produce) y comprometerse con el prójimo.

Prójimo es una palabra bella: similar a vecino, cercano, semejante. Cuando el confinamiento nos impuso esta otra distancia, pensé mucho en esta palabra. “Prójimo” como “cualquiera que se me parece”. Como cualquiera que puede ser infectado. Ellos, yo, no hay distancia para ese pedacito de proteína que nos enferma. Confiar en el prójimo. Cuidar del prójimo. La pandemia podría haber puesto de relieve algo así de evidente, y por un tiempo existió la oportunidad. Pero, a siete meses, muchas de las respuestas políticas y sociales han consistido en lo contrario: desvincularnos.

Se ha echado la culpa a nacionalidades o grupos raciales, se ha abandonado a los viejos, se han creado campos de encierro para enfermos, se ha dejado a su suerte a villas y guetos, se quiere dividir ciudades en barrios, se ocultan los condicionantes y se lavan las manos. Se insiste en los jóvenes, los niños, en cualquier “otro” intercambiable, repentino y demonizado. Se apela a la “responsabilidad individual” mientras se deshacen uno a uno los lazos que nos corresponde a todos mantener. En esta lenta crisis que se nos echó encima, a algunos les interesa acabar con toda solidaridad.

La melancolía me arrasa a medida que se patenta ese mundo. La “responsabilidad individual” que afrontamos es esta: reaprender a vivir juntos, impedir que desmantelen los lazos. El melancólico puede vivir en un mundo imperfecto, lo que nadie puede afrontar es un mundo en que “no hay alternativa”.



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