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Teoría monetaria moderna | Restricción externa y empleo: invertir la relación mediante la política de Empleador de Última Instancia – El Salto

Teoría monetaria moderna | Restricción externa y empleo: invertir la relación mediante la política de Empleador de Última Instancia - El Salto


¿La restricción externa es un límite al crecimiento? Sí. ¿Es lo que limita que la economía argentina alcance el pleno empleo de su fuerza laboral? No. ¿Son los controles de capital y la acumulación de reservas en dólares una ventaja para poder llevar a cabo cualquier política de desarrollo? Es posible que sí, no vamos a discutir esto en profundidad aquí pues tenemos al respecto diferentes puntos de vista; en lo que sí coincidimos los autores es en que su importancia se exagera siendo la acumulación de divisas una operación que no suele servir a los fines de la utilidad pública. ¿Obligan estas restricciones a administrar el tipo de cambio? No y probablemente ese empeño se traduzca en mayor inestabilidad financiera. En definitiva, ¿son las anteriormente citadas restricciones un prerrequisito para la movilización de la fuerza laboral desempleada? En absoluto.

La restricción externa puede ser una limitación sobre qué tipo de empleos pueden crearse en la economía, si bien tener a la población empleada crea las condiciones para la mejora de la productividad y el cambio en la composición de la estructura productiva que, a medio plazo, promueve un desplazamiento estable de la restricción externa para la periferia. Argumentamos que una estrategia de desarrollo basada en el mecanismo del Estado como Empleador de Última Instancia o Trabajo Garantizado capacita para diseñar políticas sociales y económicas no sólo en los momentos puntuales cuando, a rebufo de un aumento del precio de las materias primas o de los auges financieros de las economías del centro, entran divisas extranjeras en estos países permitiendo políticas sociales procíclicas. Las exportaciones son exógenas. Estos momentos propicios para la acumulación de reservas internacionales – aspecto que no es en sí mismo una obligación sacrosanta – fortalecen la dependencia de éstas, un crecimiento frágil y con fecha de caducidad cuya reversión a medio-plazo obliga a imponer políticas de austeridad y estrechar el yugo de la financiarización.

Para un país cuya moneda no es demandada internacionalmente como depósito de valor existe un límite a la cantidad de recursos reales necesarios que puede importar —sobre todo cuando parte de las divisas obtenidas mediante exportaciones, lejos de destinarse a la compra de bienes de equipo o la adquisición de tecnología, se destinan a la importación de los bienes consuntivos que interesan a las oligarquías—, y esta restricción está relacionada con una estructura productiva focalizada en bienes homogéneos y de primera necesidad.

El temor a la restricción externa suele tener su correlato en la administración activa de la tasa de cambio de la divisa. Pero el control del tipo de cambio —o su versión suavizada consistente en definir una senda previsible de depreciación— implica una promesa del Estado de entregar la divisa de una potencia extranjera renunciando por tanto al pleno ejercicio de la soberanía monetaria y, por tanto, constriñe el “espacio fiscal” del Gobierno invalidando su capacidad de emplear todos los recursos ociosos en el ámbito de su soberanía.

Anclar el tipo de cambio condiciona la política económica doméstica. Ello suele exigir políticas que deprimen la demanda interna tales como la creación de bolsas permanentes de desempleo y tipos de interés elevados —los cuales generan ingresos para el sector no gubernamental y pueden contribuir a la depreciación de la divisa— para crear una indiferencia entre depósitos en divisas y moneda nacional, lo cual facilita la entrega de divisas al banco central con importantes efectos distributivos. Estas políticas suelen complementarse con estrategias de desarrollo basadas en la maximización de las exportaciones que reservan los recursos domésticos para el mercado internacional, perpetúan la integración en cadenas de valor en las que el país menos desarrollado se especializa en tareas de menor valor añadido dentro de la división internacional del trabajo.

Pero la fijación con el tipo de cambio tiene una larga tradición que se suele justificar en la necesidad de evitar la importación de inflación o la mal llamada “fuga de capitales”, un mero proceso de canje de depósitos denominados en distintas divisas a un tipo de cambio que no es el buscado por los responsables políticos. En Estados seducidos por el endeudamiento externo en divisas esta fuga de capitales suele implicar crisis financieras cuando no defaults ante la imposibilidad de hacerse con las divisas salvo entregando la propia a tasas de cambio aceleradamente desfavorables. La inestabilidad financiera a la que conduce que la moneda doméstica sea demandada por su rentabilidad siguiendo patrones financieros especulativos en el exterior y una estructura productiva subdesarrollada son las dos caras de la restricción externa. Y se retroalimentan.

Desde la Teoría Monetaria Moderna no se niega la restricción externa pero debe entenderse simplemente como una limitación para importar todo lo que se desearía

Desde la Teoría Monetaria Moderna no se niega la restricción externa pero debe entenderse simplemente como una limitación para importar todo lo que se desearía. No se puede importar todos los bienes reales que uno desee sin más. Autores como Fadhel Kaboub, Samba Ndongo Sylla o Agustín Mario la han estudiado para países como Túnez, Senegal y Argentina, y han propuesto políticas de desarrollo que permiten maximizar la movilización de recursos domésticos y evitar los modelos de desarrollo económico basados en exportaciones que, a la postre, suelen aumentar la dependencia externa. Pero ésta no es determinante para la movilización de los recursos internos disponibles en la moneda doméstica.

Decir que la restricción externa no es determinante no es lo mismo que decir que sea irrelevante. Un país sujeto a importaciones de bienes intermedios y energía para su desarrollo industrial tendrá que restringir que las empresas se endeuden en moneda extranjera para gestionar las importaciones esenciales, lo que definirá qué tipo de empleos se pueden crear. También la cesta de la compra de los ciudadanos diferirá entre países por causa de la restricción externa. Pero esto no es una falla que surja del marco analítico de la Teoría Monetaria Moderna, sino que es una circunstancia ocasionada por la disponibilidad de recursos reales de ese país, definidos históricamente por una estructura de desarrollo desigual entre el centro y la periferia a la que no tiene sentido encadenarse reproduciendo los mismos mecanismos perversos que exigía el desaparecido y rígido patrón oro. Así, en lugar de utilizar el desempleo como variable de ajuste para el equilibrio de la balanza de pagos una vez las reservas en divisas internacionales se evaporan y sobreviene la devaluación, creemos que la absorción de esos desempleados mediante programas de Trabajo Garantizado ayudan a evitar una caída de la actividad que, si bien en un primer momento puede ser más intensa, también instituye un seguro estable para no volver a caer con mayor intensidad en cuanto los vientos internacionales dejan de soplar de popa.

Si el Estado ejerce la soberanía monetaria como monopolista de la divisa tiene la capacidad de determinar esta tasa de cambio interna

Evitar que la depreciación se trasforme en inflación por la resistencia de los trabajadores para mantener los bienes importados de la canasta de consumo requerirá, también, repensar el diseño de estos programas, ofreciendo a cambio una serie de servicios universalizados que inciden en su bienestar directamente y que sean intensivos en trabajo. Superado un cierto umbral de ingresos adicionales no aumentan el bienestar, pero sí lo hacen aspectos relacionados con una comunidad fuerte, integrada y segura. Este podría ser un trade-off suficiente que compense y minimice el conflicto por la distribución. Observamos que la excesiva fijación por la tasa de cambio de la divisa nos lleva a olvidar la tasa de cambio interna: aquello que exige el Estado a cambio de entregar una unidad monetaria al sector privado. Si el Estado ejerce la soberanía monetaria como monopolista de la divisa tiene la capacidad de determinar esta tasa de cambio interna.

Las históricas bajas tasas de interés en buena parte de Latinoamérica decididas por las autoridades monetarias de la región, como instrumento de contención de los efectos económicos de la pandemia del Covid-19; la evidencia empírica acumulada en la literatura a raíz del fenómeno de histéresis; o de cómo la inversión en investigación, innovación y la mejora del capital humano son incentivadas en un contexto de crecimiento impulsado por la demanda e impulsan el crecimiento económico; ya serían motivos suficientes para experimentar en una crisis como la actual para mantener la relación empleo-empleador, prevenir los cuellos de botella en los sectores que deben mantenerse abiertos para mantener los suministros básicos y promover soluciones para volver a la normalidad cuanto antes, la cual seguirá reclamando el movilizar mano de obra para prevenir las consecuencias del cambio climático. Debemos ver la situación actual como el episodio piloto de lo que nos viene encima.

La figura del Empleador de Última Instancia previene males que ya están normalizados en nuestra sociedad actual y que  absorben una ingente cantidad de recursos económicos y humanos

Pero, además, la figura del Empleador de Última Instancia previene males que ya están normalizados en nuestra sociedad actual, convivimos con ellos, y que absorben una ingente cantidad de recursos económicos y humanos. Algunos de estos males son la criminalidad, el estrés, la depresión, los trastornos mentales, el alcoholismo, la drogadicción, la ludopatía, etc.; que aparecen sistemáticamente en las comunidades más pobres donde se enquista el desempleo a largo plazo, desbordándose al resto de comunidades como una epidemia más. Esto crea una asignación de recursos dirigida a combatir o protegerse contra los efectos que ello provoca, pero no a eliminarlos en lo posible. La fuerza productiva y vital que perdemos como sociedad permitiendo tales situaciones en lugar de movilizar la fuerza laboral para prevenir la aparición de estos vicios y trastornos es incalculable. En definitiva, tenemos elementos para transformar la sociedad y desplazar la restricción externa asumiendo su importancia sin divagar entre supuestas panaceas que no lo son y una versión del TINA —There is no alternative (no hay alternativa) en célebre expresión de Margaret Thatcher para justificar lo injustificable— periférica.


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