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“Todo, menos morir”: la crítica de José Carlos Yrigoyen a la novela de Alina Gadea Libros Novelas Escritores peruanos | LUCES

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Si algo atrae y al mismo tiempo perturba a los lectores de (Lima, 1966) es ese matiz sórdido y sinuoso que recorre sus ficciones. Hay en ellas una tendencia a ilustrar las humillaciones y la crueldad que enturbian las relaciones humanas e incluso los estados mentales de sus criaturas, quienes suelen habitar un laberinto de maternidades enfermas. En “Otra vida para Doris Kaplan” (2009) la madre es una señora violenta y autoritaria (a la manera de “La pianista” de Elfriede Jelinek) que somete y denigra a su hija hasta el límite de un duelo inevitable. Por otro lado, en “Destierro” (2017), se describe la horrible infancia de uno de los protagonistas, que en la escena más chocante es obligado a ir semidesnudo a una presentación escolar por culpa de su indolente y excéntrica progenitora.

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Gadea interpreta de manera muy particular la cartografía de las regiones más insoportables de nuestra condición, y sus visiones de ese territorio penumbroso muchas veces estremecen por su perversidad retorcida y fetichista. Pero, en otras ocasiones, ideas prometedoras que parecían redimensionar y consolidar esa perspectiva (pienso en “Obsesión”, 2012, por ejemplo) no trasgreden el estado del boceto y la sugerencia. Un cierto convencionalismo narrativo le ha impedido abrir las esclusas de sus intereses más propios e integrarlos a las sensaciones y situaciones que estos debían potenciar.

Su última entrega, “Todo, menos morir”, destaca por la pretensión de hallar nuevos cauces sobre los cuales sus fabulaciones puedan discurrir de manera más desarrollada y sostenida. El personaje principal es Sandro Tasso, un poeta de la generación del ochenta -compañero de ruta de los combativos jóvenes anarquistas del proverbial Movimiento Kloaka- que se debate entre un pasado de precariedad e incomprensión, su homosexualidad reprimida y un alcoholismo pertinaz. La novela empieza el día en que su pareja, Emilia, lo acompaña al hospital Larco Herrera, sanatorio en que ha decidido recluirse para controlar la adicción que lo ha empujado hasta los linderos de la locura. Al mismo tiempo, comienza a escribir un libro sobre la vida y pasión de Martín Adán, en quien cree encontrar un espejo propicio donde mirarse y entenderse: recordemos que Adán era un poeta de apetencias uranistas, marcado por la ebriedad infinita y su dificultad de cumplir con los requerimientos sociales que la comedia humana le imponía.

Gadea ya ha demostrado habilidad para construir personajes poliédricos y verosímiles. Su Sandro Tasso no escapa a esa apreciación. Resulta subyugante el conflicto interno entre ese niño sensible que es hostilizado por una madre que desprecia su vocación artística; el hombre sufriente que encuentra clandestino placer en cuerpos degradados, casi teratológicos, y el amante que ansía recuperar a su mujer y ganarse una oportunidad para limpiarse de sus vicios y fantasmas. Una de las recurrentes motivaciones de Gadea ha consistido en explorar la psicología de seres que se resisten al reclamo del abismo que los seduce. En esta ocasión está pergeñada con una complejidad y conocimiento que ya se anunciaban en sus libros anteriores y ahora se cristalizan con la atrevida seguridad de quien conoce bien el juego al que se enfrenta.

Los inconvenientes surgen cuando Gadea pretende entroncar la biografía de Sandro con la de Adán. Las similitudes planteadas consiguen enhebrar un fluido contrapunto durante las primeras secuencias de la novela, pero gradualmente las claves vitales y literarias se disuelven, el entramado que sustenta la narración se desgaja y no vuelve a engarzarse más. El interesante recurso inicial -presentar extractos del libro que Sandro está elaborando- se abandona rápido para dar paso a un impersonal resumen de los episodios más conocidos de Martín Adán (el encuentro con Allen Ginsberg, los avatares de la bohemia, su infancia barranquina), lo que enfría cualquier lazo entre un poeta que emerge trabajosamente de su infierno personal y otro que ha elegido morir deambulando por los siniestros márgenes de la cordura y el deseo.

Pero, más allá de esta observación, “Todo, menos morir” puede considerarse como una novela arriesgada que establece originales derroteros para una autora imaginativa y solvente. Y que logra, gracias al atormentado Sandro Tasso, aquel ideal al que aludía Macedonio Fernández: “ser personaje es soñar ser real”. Alina Gadea ha realizado ese pequeño milagro.

LA FICHA

Alina Gadea. Todo menos morir.

Emecé, 2020. 94 pp.

Relación con el autor: cordial.

Valoración: 3 estrellas de 5 posibles.

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